Misantropía
Me manda un amigo muy querido el texto de alguien que habla sobre otra persona y sin saberlo, aunque me conoce bien, también habla de mí mismo. No de lo que soy, pero sí de lo que podría ser si me dejase llevar por mi tendencia natural a la misantropía. Las mejores historias, por muy cortas que sean, por lugares muy lejanos donde sucedan, nos hablan de nosotros mismos. Pero aterra asomarse a ese abismo aunque nos sepamos (aunque lo creamos tontamente tal vez) dueños de muchos asideros; a pesar del convencimiento de que la mesa temblará menos si la sostienen muchas patas. Salto de un mundo a otro con facilidad, incluso con placer, lo he aprendido con el tiempo, una suerte de desdoblamiento saludable y enriquecedor: llevo puesto el traje de escritor en cualquier cosa que haga, pero también al sentarme a escribir me acompaña todo lo vivido durante años, mis propias experiencias y las de la gente que he conocido. Me gusta esa frase hecha, estar en el mundo. Saber, aunque sólo sea lo justo, cómo funcionan las cosas.
Pero esto iba de misantropía y de patas sobre las que sostenerse. Como me empeño en no traicionar al niño solitario y feliz que fui resulta lógica cierta tendencia al aislamiento. A veces lucho contra eso y a veces no me apetece. Quizá porque no necesito mucho, en realidad: unos pocos libros, papel para escribir y para dibujar, un bolígrafo de caudal generoso, lápices, trotar por el campo con la bici, una esterilla para practicar yoga, música, la radio, una película… Todo facilita el impulso de escaquearme, que siempre está ahí, mucho más cuando la vida aprieta. La lucidez y la sensibilidad son dones poderosos pero conviene sujetarlos, no estoy seguro de si más lo primero que lo segundo o al revés. La paciencia de quienes nos quieren no es infinita y no conviene cargarlos en demasía con nuestras cuitas.
Hoy mismo pasaré un rato con un par de buenos amigos, pero mañana tendría que ir a un sitio para resolver un asunto muy estimulante y he puesto una excusa, una de esas mentiras, otra de tantas, no sé si piadosas pero que, al cabo, sostienen este tinglado absurdo que llamamos vida.
Quizá el mayor riesgo de estar solo sea descubrir cuánto te gusta.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2025
Comentarios