Librerías Pizza Hut

Tras la tregua de unos pocos años la sombra de la libertad de horarios comerciales vuelve a cernirse sobre los pequeños comerciantes, aquellos que no pueden mantener el quebranto que supondría tener que soportar un turno doble de trabajo para mantener abierta una tienda noventa horas a la semana. Con tantas dificultades resulta tan complicado sacar adelante un pequeño comercio que quienes se empeñan cerrilmente en salir adelante contra viento y marea, tal y como está el panorama de las fusiones y las grandes superficies, adquieren, sin proponérselo, un halo de franca valentía o de locura descabellada.
Es imposible, por muchas vueltas que uno le dé, que un pequeño comercio puede competir con un gigante, es como la lucha entre David y Goliath, pero sin honda, a pecho descubierto. Dicen, seguramente los grandes para justificar su enorme poder, que los pequeños tienen la ventaja de los gastos reducidos, de la atención personal al cliente, de la especialización. Pero vayamos por partes: tener gastos reducidos no significa mucho cuando las ventas son insignificantes; antender al cliente de una forma personal, tal vez doblando el lomo como si le hubieran colocado a uno bisagras, resulta complicado, sobre todo teniendo en cuenta que hace falta una fuerza de voluntad considerable, o tal vez compasión, por parte de los clientes que aún acuden a comprar a las tiendas de toda la vida ante la avalancha de centros comerciales; y en cuanto a la especialización, pues bueno, puede referirse a una parte muy pequeña de los comercios, y con todo hay que señalar que es una batalla que a la larga tienen ganada de antemano las grandes superficies.
¿Ventajas de la libertad de horarios? Según el gobierno, que creará miles de empleos, sobre todo de gente joven. Empleo, sí, pero muy mal pagado, deberían matizar, y también supondrá la ruina de muchos comercios pequeños. En definitiva, todo se reduce a una Ley Natural, la del más fuerte. La cuestión es tan simple como que al final ganan los que tienen más fuerza (para comprar, para ofertar, para convencer, para engañar) y los comercios tienden, como casi todo, al gigantismo, a la homegeneización. Dan escalofríos de pensar en el futuro y recordar aquella película, Demolition Man, en la que todos los restaurantes se llamaban Pizza Hut, la cadena que había ganado la batalla de las franquicias. No me gusta ser agorero, y no voy a serlo, porque me resisto a imaginar un futuro en el que las manzanas, las peras, las naranjas y las sandías sepan al mismo plástico, una época sin librerías pequeñas, ésas de toda la vida, en las que el olor de las páginas y la tinta se te adensa en la nariz al entrar, porque con los libros también existe el mismo problema, incluso se agrava, porque se junta la libertad de horarios con la libertad de precios. Miedo da imaginar, la verdad, las estanterías de los centros comerciales rebosantes de best-sellers, literatura homegénea, con el mismo sabor aséptico que las manzanas o los melones, anaqueles donde sólo quepan gente que vende cientos de miles de ejemplares, porque las editoriales pequeñas que se esfuerzan en sacar adelante nuevos valores lo tendrán muy difícil para colocar sus libros en las estanterías de los grandes emporios, y se morirán de asco, o de aburrimiento, como los pequeños comercios, viendo cómo la gente sólo lee libros de, por ejemplo, Daniel Steel, perdón, Ana Rosa Quintana.

Andrés Pérez Domínguez, 2000

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