Señalar con el dedo

Señalar con el dedo

Uno no deja de asombrarse ante las cosas que puede llegar a hacer un vendedor para ser el número uno a final de mes, o tan solo para que le cuadren las cuentas y poder sacar lo suficiente para afrontar los recibos que, sin tregua, acaban venciendo puntualmente cada treinta días. En los periódicos sucede, supongo, lo mismo, y no hay más que echar un vistazo al expositor de cualquier kiosko y observar las portadas estratégicamente diseñadas y colocadas para atraer la atención de los posibles compradores. Al menos, es de suponer que cada revista está destinada a un segmento muy concreto del mercado y, motivos no confesados aparte, cada uno sabe lo que está comprando.
El problema surge cuando uno compra un diario con la inocencia cotidiana de encontrar la noticia de un nuevo atentado, o tal vez con la esperanza de estar al día (para esto hay que leer constantemente) sobre los últimos fichajes del fútbol y encuentra noticias en primera página, con grandes letras, que no esperaba.
Hace algún tiempo, un diario que pretendía ser serio, publicaba una entrevista con Antonio Anglés, el tristemente célebre asesino de las niñas de Alcasser, que ya entonces llevaba varios años desaparecido (espero que en el fondo del mar). A los pocos días se destapó que la imagen, que en la portada aparecía turbia, pertenecía a un tipo al que habían engatusado con el cuento de un reportaje fotográfico.
El asunto, aparte de absurdo, resulta a todas luces irrespetuoso, sobre todo para las familias de las víctimas. Pero, ya digo, lo más importante para algunos periódicos es vender. Como si de un vulgar concesionario de coches se tratara, lo esencial es que los números cuadren, y para ello no importa invitar a una copa a un cliente (en el caso de los concesionarios) si hace falta, o escribir en grandes titulares, como he hecho el diario sensacionalista News of de World, en la portada y con fotografías en el interior, las cincuenta primeras fotos y nombres de los pederastas del país.
Vaya por delante que la pederastia es uno de los delitos que me produce una mayor repulsa, pero no mucho menos que la actitud vergonzosa de un diario al exhibir las fotografías y los nombre de los pederastas. Es posible que alguno de ellos se haya reinsertado, y tal vez mantuviera la ilusión vana de emprender una nueva vida en otro lugar donde el recelo de las miradas de sus vecinos lo deje ser por fin otra persona. Peor aún es el caso de un padre de familia al que una turba de inconscientes ha estado a punto de linchar por parecerse a uno de los delincuentes retratados en el diario británico.
Lo más grave es que el periódico amenaza con no cejar hasta “nombrar y avergonzar” a los ciento diez mil pederastas fichados por la policía en Inglaterra y Gales. Al final parece que volvemos a los tiempos de la Inquisición, y no me extrañaría que algún inglés se despierte estos días en mitad de la noche, o se quede un instante mirándose al espejo a medio afeitar, preocupado por si su cara se parece a la de alguno de los ciento diez mil fichados (entre tantos, seguro que habrá alguien que se le parezca), o si algún vecino cruel sonreirá satisfecho al ver un rostro parecido al suyo, una imagen lo bastante similar como para señalarlo con el dedo y vengar así alguna vieja afrenta.
© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2000.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet