Fama

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Me ha dado mucha alegría, la verdad. Pero me habría alegrado más si la repercusión mediática se hubiera debido más al premio en sí mismo que las circunstancias insólitas (o no) que lo circundan. Los que tenemos la arrogancia o la ambición legítima de intentar vivir de lo que escribimos somos, supongo, quienes mejor sabemos la dificultad de agenciarse un premio literario. Superar la preselección y las cribas sucesivas hasta llegar a la final y tener la suerte de que tu obra coincida con el gusto de la mayoría de los miembros del jurado supone una prueba tan complicada y exigente como para un equipo de fútbol llegar a la final de la Liga de Campeones. Pero, por fortuna, a veces se consigue, nunca se sabe muy bien por qué, pero a veces recibes una llamada que te alegra el día, o incluso todo el mes o una temporada. Luego, en los premios menores, quiero decir los no convocados por las editoriales comerciales, la alegría se queda en eso, en poco más que una palmadita en la espalda, tal vez una reseña en algún diario, y vuelta a empezar.
Pero decía que me ha dado mucha alegría, pero también un poco de pena, lo de Vicente Gallego. Este poeta valenciano ha ganado recientemente uno de los premios de poesía más prestigiosos de cuantos se convocan en España, el Premio Loewe, y, por desgracia, da la sensación de que lo único que interesa de él es que trabaja como pesador en un vertedero. Vicente tiene otros premios importantes, como el Rey Juan Carlos Primero o el Tigre Juan, pero la poesía no le da para vivir. Su aspecto, dicen los medios, tampoco es el de un poeta. Quizá si llevara bufanda y gafas de culo de vaso parecería más lógico que se hubiese alzado con el galardón. Tal vez lo mejor de Vicente sea eso, que es como cualquiera de nosotros, sin el divismo de los que se creen grandes. Vicente es uno más, salvo que con más talento, con más talento y con el punto de lucidez necesario para darse cuenta de que gran parte de la atención que ha suscitado el premio no ha sido por el galardón en sí mismo, sino por su trabajo, adonde sigue acudiendo cada día, desconfiando de esa fama tan efímera y tan engañosa que te regalan a veces los premios literarios.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2001

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