El traje nuevo del emperador

El traje nuevo del emperador

Hace poco he comprendido por qué algunas historias se convierten en clásicos, por qué al leer una novela escrita hace cien o trescientos años nos damos cuenta de que su frescura o su mensaje permanecen intactos a pesar de haber transcurrido siglos desde que fueron escritas y por eso se diferencian de aquellas cuya lectura no soporta el paso inexorable del tiempo.
En los cuentos —y curiosamente en los cuentos infantiles, aunque sobre este aspecto también se podría discutir mucho— sucede más que en la novela. Por muchos años que pasen, cada vez que revisito las páginas de Hänsel y Gretel no puedo evitar pensar en las terribles condiciones de vida de la Edad Media, tan duras que a unos padres no le queda otro remedio que abandonar a sus hijos en el bosque porque no tienen con qué alimentarlos. Cuando me entero de una noticia sobre alguien que abusa de una niña me acuerdo de Caperucita Roja en el bosque, a quien, por cierto, se la comió el lobo disfrazado de abuelita después de animarla a desnudarse para meterse en la cama con él... y no vino ningún leñador a rescatarla. Ya lo dice Ana María Matute: Disney ha hecho unas películas muy hermosas, pero ha desvirtuado la esencia de los cuentos edulcorándolos para un público infantil. De la mayoría de las historias de Perrault o los hermanos Grimm se puede extraer una reflexión moral. Al terminar el Gato con botas, por ejemplo, uno piensa, no sin cierto alivio, que no hace falta heredar una gran fortuna para triunfar en la vida, sino que basta con un tener un gato inteligente como mascota para, sin ser más que el hijo de un pobre molinero, convertirse en el marqués de Carabás, arrebatarle a un ogro su castillo en un golpe de astucia y de paso casarse con la hija del rey.
Pero, será por las cosas que pasan, es del cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador del que más suelo acordarme, sobre todo cuando algún crítico reseña una película, un libro o una obra de arte con muchas estrellitas en los suplementos culturales y yo, que soy torpe por naturaleza, no acabo de enterarme de la grandeza de la obra. Vaya por delante mi respeto a quien dedica su tiempo a cualquier faceta artística, y reconozco que muchas de las novelas o películas que yo encuentro excepcionales pueden muy bien no ser más que basura para otra mucha gente. Pero me gustaría que alguien me explicase lo del premio Turner, que se ha fallado en Londres hace poco. Este galardón está destinado al mejor artista británico de menos de cincuenta años, y lo ha ganado Martin Creed con su obra Luces encendiéndose y apagándose. La genialidad en cuestión no es más que una habitación vacía en la que las luces se encienden y se apagan cada cinco segundos. Por lo visto, el invento es lo más en Arte, minimalismo en estado puro, dicen.
Será que yo no entiendo de Arte, pero no por ello voy a dejar de alzar la voz, más que nada para no sentirme como uno de los súbitos del cuento de Andersen: en El traje nuevo del emperador, dos pícaros tejedores se presentan en la corte dispuestos a fabricar un traje maravilloso con una característica muy especial, los únicos que no podrán verlo serán los hombres tontos o indignos de su cargo. Mientras los pícaros fingen coser una tela que no existe, el emperador manda a un ministro a comprobar cómo va el trabajo. El ministro, preocupado al no ver nada, finge extasiarse ante una obra de arte, y lo mismo le sucede a un segundo ministro enviado por el emperador, hasta que el mismo monarca, que tampoco puede admitir que no ve el tejido, ha de probarse el traje y marchar desnudo en comitiva por toda la ciudad mientras los ciudadanos comentan entre ellos las excelencias de un traje que no pueden ver, pero callan por miedo o por vergüenza a que sus vecinos los consideren necios.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2001

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