La hora de los valientes

La hora de los valientes


Había que ser valiente, pero no de mentirijillas, sino valiente de verdad, para negarse a llevar el uniforme, ser llamado a filas y no presentarse y además, para completar la pirueta heroica, no hacer tampoco la prestación social sustitutoria. Al principio se los consideraba unos asociales, gentuza que faltaba al respeto de los otros jóvenes que cumplían con el deber sagrado de servir a la patria. Pero, con el tiempo, su reivindicación ha sido entendida: negarse a empuñar un arma es un opción tan digna o tan legítima como sentirse orgulloso de enfundarse en un uniforme, y del mismo modo que la vocación castrense, también debe ser respetada.
Desde el pasado veinte de diciembre, el servicio militar obligatorio ya no existe. Los últimos soldados de reemplazo dijeron adiós a los cuarteles antes de Navidad, pero aún hay un puñado de irreductibles que, en el mejor de los casos, siguen regresando cada noche a dormir a la prisión o, los más desafortunados, aún se encuentran entre rejas sin más comunicacion que las visitas reglamentarias en salas compartidas junto a otros reclusos. A otros insumisos que ya han cumplido condena, los antecedentes penales por negarse a marcar el paso en los cuarteles les pesan como una losa enorme en su expediente y no pueden soñar siquiera con acceder a un empleo en la Administración so pena de volver a la cárcel por quebrantamiento de condena.
Así están las cosas, y como la espada flamígera de la Justicia es tan lenta no parece que vayan a cambiar en un futuro próximo. Aunque, bueno, pensándolo mejor, el sistema a veces no actúa con la lentitud de una tortuga vieja y al mismo tiempo que eterniza la liberación de los insumisos autoriza, con apresurada diligencia, la libertad de un narcotraficante que alegaba una depresión después de haber introducido algunas toneladas de droga en España. Por lo visto, una nadería.
Últimamente parece, pues, que las cosas más naturales suceden al revés de cómo deberían: en las guerras modernas parece haber más bajas de civiles inocentes que de soldados de uniforme, los poderosos indeseables que deberían pudrirse a la sombra están en la calle gracias a algún resquicio que sus abogados encuentran después de hurgar en las leyes y los que no tuvimos el valor para negarnos a cumplir con el deber patrio y agachamos la cabeza mientras un suboficial malhumorado nos obligaba a marcar el paso disfrutamos de la libertad y de la posibilidad de acceder a un trabajo cómodo en la Administración mientras que los verdaderos valientes han de volver cada noche a dormir a la prisión.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2002





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