Ana Frank

He leído muchos libros sobre el III Reich, he visto películas —La lista de Schindler, La vida es bella, la todavía en cartel El pianista— que desde una perspectiva diferente hurgan en la herida incurable del genocidio perpetrado por los nazis. Incluso una vez visité un antiguo campo de concentración, algo que, por cierto, debería ser obligatorio para todos esos tipos de mente estrecha que se rapan el cráneo, se colocan un brazalete con la esvástica y saludan extendiendo el brazo, con la palma de la mano hacia abajo al tiempo que hacen sonar los tacones de sus botas militares. Pero, de todos los testimonios sobre la persecución de los judíos, el más conmovedor, sin duda, es El diario de Ana Frank, la vida cotidiana de una niña y su familia encerrados en un trastero de Amsterdan, temiendo cada día el momento en que llamasen a la puerta y unos hombres vestidos con los uniformes elegantes de la Gestapo se los llevaran a todos. Como así fue. Pasaron veinte años hasta que, gracias a las pesquisas de Simon Wiesenthal, el agente de la Gestapo que detuvo a Ana Frank y a su familia admitió no sólo su participación, sino también la existencia de la pequeña, negada por los nostálgicos de Hitler que la achaban a una invención de la propaganda antinazi. Ahora se están realizando investigaciones para averiguar el nombre del delator de la familia Frank. Algunos se inclinan por Anton Ahlers, antiguo socio de Otto Frank, el padre de Ana. Otros dicen que fue Lena Hartog, la señora de la limpieza del edificio donde se escondía la familia. Todos están muertos y nunca sabremos la verdad. Aunque tal vez ahora, después de tantos años de silencio, los huesos del culpable se removerán inquietos bajo una lápida.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2003

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