Antecedentes

El año pasado escribí en un periódico que, quizá porque España es un país necesitado de héroes, mucha gente aclamó y reclamó como nuestro al olímpico Johan Muehlegg, alias Juanito. Por si alguien no se acuerda —ya que el fracaso es primo hermano del olvido— estoy hablando del esquiador alemán nacionalizado que se hinchó a ganar medallas de oro en Salt Lake City hasta que se demostró que lo de sus mocos congelados al atravesar la línea de meta eran más producto de los anabolizantes que de un entrenaniento concienzudo o de un físico privilegiado. Pero, mientras tanto, durante los días que transcurrieron entre las primeras medallas y la noticia del dopaje bochornoso, recuerdo a ciertos políticos, a ciertos periodistas, recuerdo alguna gente con el pecho hinchado, cual palomos en celo, cantando a los cuatro vientos la españolidad de Juanito.
Vaya por delante que me trae bastante al fresco el asunto de las nacionalidades y ciertas estupideces que se reflejan en las líneas que marcan las fronteras de los países en los mapas, y que la mezcolanza de razas que se avecina por aquí en los próximos años me parece una de las cosas más saludables que pueden pasarnos. Pero he de decir que aquí en España tenemos la maldita costumbre de pensar que lo de fuera es lo mejor. A veces puede ser verdad, a veces lo de fuera es mejor que lo de aquí, pero no siempre tiene por qué ser así. Otras veces sucede que nos afecta un profundo desapego a ciertas instituciones y no queda más remedio que importar gente de fuera. Pongamos un ejemplo: no sé cómo será el ejército de otros países, si tendrán más medios, si tendrán más tanques o si sus reclutas serán más aguerridos que los nuestros. El caso es que aquí, el que más y el que menos ha hecho todo lo posible para pasar la mili de la mejor manera, en un cómodo despacho los más afortunados, o solicitando prórroga hasta los cuarenta los más avispados o con menos vocación castrense que un servidor, que, he de confesarlo, ya es tener poco apego a lo que huela a uniforme y a marcar el paso. El Ministerio de Defensa nos sorprendió a todos hace un par de años rebajando el coeficiente intelectual mínimo para poder convertirse en soldado. Creo que era 70 el índice más bajo exigido. Es decir, uno podía empuñar un fusil y una bayoneta y al mismo tiempo estar al filo de tener la risa floja o la mirada atravesada de aquel cuyo cerebro tiene algún mecanismo escharrado. Sería divertido si los fusiles y los tanques fueran de goma, pero resulta que no, resulta que las balas hacen el mismo daño cuando las dispara una persona normal que cuando aprieta el gatillo alguien con la mentalidad risueña de Forrest Gump. Pero, no se vayan todavía, porque, como en los dibujos animados, aún hay más: ahora, como los barracones se están quedando vacíos, si uno es inmigrante y quiere entrar a formar parte de las aguerridas tropas españolas, se ha borrado de un plumazo el molesto requisito de demostrar la ausencia de antecedentes penales en los países de origen. Mucha amistad de nuestro presidente con Bush y con todos los jerifaltes del Mundo, pero tengo la sensación de que más de uno se revolcará de la risa a escondidas. A lo mejor los inmigrantes han empezado a darse cuenta de por qué a bastantes españoles tampoco nos gusta el ejército y por eso muchos han decidido no seguir a pesar de tener contrato por tres años y no queda otro remedio que volver suavizar los requisitos de entrada. Tal vez ya vaya siendo hora de que alguien de los que manda reconozca que algo no funciona y aborde la difícil tarea de hacer atractivas las Fuerzas Armadas para los jóvenes. Porque ahora, a pesar de los muchos anuncios del ejército en televisión donde salen chicos que parecen sacados de teleseries norteamericanas, los jóvenes no tragan. Y, mientras tanto, el nivel de exigencia para ser soldado, cada vez es más bajo. Quién sabe, a lo mejor un día se descuelgan diciendo a la gente que se anime a alistarse porque esta vez los aspirantes están de suerte. Y, puestos a rizar el rizo, lo mismo corren la voz de que no cunda el pánico, que esta vez, para que todos los aspirantes puedan entrar, en las pruebas se pasará la mano en el dictado.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2003

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