El académico Pérez-Reverte


Cómo pasa el tiempo. Yo lo descubrí hace diez años, en 1993, cuando apareció por las librerías El club Dumas. Por aquí tengo el libro, con las imágenes de D` Artagnan, Porthos, Athos, Aramis y el ladino cardenal Richelieu. Ahora sus novelas ocupan una buena porción de mi estantería, pero hace diez años sólo lo conocía de verlo micrófono en mano contándonos la Guerra del Golfo y luego la de los Balcanes. Sabía que era el autor de la novela en la que Pedro Olea se había basado para rodar El maestro de esgrima, pero aún no me había atrevido a hincarle el diente a un libro suyo.
Y me enganchó, claro. No sólo con esa novela, sino con casi todas las que ha escrito. Como lector hay algo que no le perdono a un libro: que no sea entretenido. Y las novelas de Arturo Pérez-Reverte son entretenidas. Mucho. Se percibe y se agradece el trabajo exhaustivo de documentación y unos personajes escandalosamente bien creados. Lo que, desde mi humilde punto de vista como lector, debe tener una buena novela.
Pero no a todo el mundo le gustan los libros de Arturo Pérez-Reverte. Es más, incluso con el tiempo tiendo a clasificar a los lectores en dos grupos: aquellos a los que les gusta Reverte y aquellos a los que no. Durante los últimos años he tenido ocasión de charlar con bastantes escritores —o simplemente con apasionados por la literatura— y he descubierto ciertas cosas que antes encontraba bastante insólitas: que alguna gente puede menospreciarte, que alguna gente puede despreciarte, incluso adivinas que podrían negarte el saludo si pudieran, por el sólo hecho de decir que te gusta Arturo Pérez-Reverte. Parece una barbaridad, pero nada más lejos de la realidad: una vez, durante una comida de escritores, con la inocencia o la ingenuidad de quien piensa que sus palabras van a ser respetadas lo dije —sin intención de ofender a nadie, lo confieso—; dije que me gustaban las novelas de Arturo Pérez-Reverte, y aquello fue como soltar un sonoro eructo en mitad del almuerzo. Primero sobrevino un silencio incómodo, luego, alguna mirada de compasión hacia alguien que no comulgaba con la pasión de aquellos gourmets de la Literatura que me acompañaban, y luego, cuando me creían devuelto a redil —y que nadie interprete lo de redil con mala uva—, al redil de los genios de la Literatura, vi algún codazo cómplice bajo la mesa.
Ahora que Arturo Pérez-Reverte ha entrado en la Real Academia de la Lengua —y además lo ha hecho a la primera, por la puerta grande— tal vez, en determinados círculos literarios se pueda decir que nos gustan sus libros sin que nos tomen por esquiroles. Seguro que también algunos de los que antes lo menospreciaban ahora dirán que es un gran escritor, aunque en su fuero interno sigan envidiándolo y menospreciándolo. Otros, sin embargo, como la docena de amantes de los libros aburridos que el otro día daban cachiporrazos a las cacerolas en la puerta de la Real Academia de la Lengua, se sentirán respaldados para afilar las uñas cuando pronuncie su discurso de ingreso sobre el lenguaje de los malhechores en el siglo XVII.
Sólo he saludado a Arturo Pérez-Reverte un par de veces y no lo conozco para saber lo que piensa, pero, por lo que le he leído, me da la sensación de que esta rabia de quienes le odian le trae un poco al fresco. Que incluso le divierte.
Conque, enhorabuena, maestro.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2003

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