Cámaras

Cámaras


Todos lo hemos hecho alguna vez: después de pasar la tarjeta de crédito por la ranura, se ha abierto la puerta del vestíbulo del banco y, antes de introducir el rectángulo de plástico en el cajero automático nos hemos quedado mirando la cámara que nos observa, impasible, como un ojo electrónico, indiferente, o hemos sacado la lengua al mirar nuestra propia imagen vista desde arriba en el monitor que nos advierte o nos recuerda que estamos siendo grabados.
Nuestros movimientos quedan inmortalizados por las cámaras más veces de las que nos damos cuenta. O de las que queremos darnos cuenta, porque si uno se para a pensar cuántas veces al cabo del día sus movimientos son grabados, observados, analizados por alguien, puede que se encerrase en casa bajo llave, se tapase con una manta gruesa y ocultase la cabeza bajo la almohada sin tener todavía la certeza de estar a salvo, temiendo que alguien que ponga el empeño suficiente para encontrarlo, podría averiguar en qué lugar exacto de su vivienda se ha ocultado. Hay cámaras de vigilancia por todos lados: en los centros comerciales, en las gasolineras, en los estadios, en los cines, en la calle. Uno se siente un poco más seguro al saber que quienes resuelven su economía doméstica a golpe de atraco lo tienen un poco más difícil al ser grabados en una cinta que luego será revisada por la policía. Uno se siente seguro, cómo no, al saber que hay una cámara vigilante que guarda para la posteridad —y para la policía— las infracciones de los conductores que no respetan por impaciencia o por falta de sentido común un cruce peligroso de carretera o un semáforo inoportuno. Uno se siente seguro, y se alegra, al enterarse de que gracias al sistema de vigilancia de un banco o de un centro comercial ha podido identificarse a un asesino. Pero ocurre demasiadas veces que la frontera que separa la seguridad de la paranoia, la vigilancia de los bienes propios o comunes de la curiosidad malsana, es demasiado frágil, tan débil que, a poco que uno profundice en la cuestión, la línea acaba difuminándose. Será ésa la razón por la que las tiendas que ofrecen aparatejos dignos de una película de James Bond se frotan las manos. Abundan estas tiendas por las ciudades, y es tan fácil comprar un micrófono minúsculo como un bolígrafo con una cámara instalada en la punta. Tan baratos resultan estos artilugios de tecnología punta, que no cuesta imaginar a cierta gente bien pertrechada, como si del protagonista de una novela de espías se tratase, saliendo a la calle a grabarlo todo con un afán que no se alcanza a comprender del todo mas que si uno piensa en una curiosidad insalubre por la vida de los demás. Ante tal profusión de cámaras y micrófonos ocultos uno, aunque nunca se haya creído que existan cámaras diminutas capaces de instalarse en insectos voladores —también diminutos y también, como las cámaras, artificiales— se lo piensa dos veces antes de hablar con alguien, conocido o desconocido, y, por culpa de la tecnología punta y de aquellos que anhelan conocer los secretos más íntimos de los demás, se vuelve, sin quererlo y a lo mejor sin darse cuenta, un poco paranoico también, y se acoda en la barra de un bar a beber su cerveza en silencio, y mira las paredes del servicio cuando entra para aliviarse la vejiga, y palpa los azulejos buscando un resquicio donde pueda caber el objetivo de una de esas cámaras tan pequeñas, y se pregunta uno cuánto se parece ya al pobre Winston Smith que en 1984, la novela de Orwell, miraba con aprensión la telepantalla que lo vigilaba día y noche, que observaba sus movimientos, que a punto estaba de acabar con su cordura.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2003

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