Karate y Literatura

Karate y Literatura


Como todos los que me soportáis cada miércoles sabéis, me dedico a escribir. A escribir cuentos, a escribir novelas, a escribir estos artículos con los que Óscar Gómez me deja que os castigue el oído cada semana.
Pero hoy no voy a utilizar este micrófono para hablar de libros o para comentar la actualidad desde una perspectiva literaria. Hoy quiero hablaros de artes marciales. En realidad, os voy a hablar del único arte marcial que conozco un poco. Hoy os voy a hablar del karate. Porque resulta que, ser escritor en ciernes y ser karateca aficionado es bastante parecido. Sí, no arruguéis el entrecejo todavía, que ahora mismo cuento por qué: para la mayoría de quienes no escriben, la idea de un escritor es la de un ser ausente, un ser distante, un ratón de biblioteca con telarañas colgándole como guedejas de las patillas de las gafas con las que mantiene a raya su miopía. Cuando se es escritor —o cuando uno se encuentra en el camino de tratar de serlo, como es mi caso— llega un momento en que te encuentras dando explicaciones ridículas a los demás: soy escritor, sí, pero también soy una persona normal, y me gusta salir, y divertirme, y hasta cuento chistes de vez en cuando. Lo mismo pasa, por desgracia, con las artes marciales, con el karate. Alguna vez hay que decir: soy karateca, pero no soy una persona violenta, jamás me he peleado con nadie, y no tengo intención de hacerlo.
Y es que, como digo, el acto de enfundarse un karategui —porque la ropa se llama karategui, no kimono— es bastante parecido al de sentarse a una mesa, plantarse delante de un folio y ponerse a jugar a “imaginemos”. Ninguna de las dos actividades —escribir y entrenar en un tatami— son fáciles, pero las dos son muy gratificantes. Las dos actividades, la de karateca y la de escritor, requieren grandes dosis de constancia, grandes dosis de paciencia. Pero que nadie de los que me escuchan se me asuste si alguna vez ha intentado escribir una novela o está dándole vueltas a la idea de matricularse en un club de karate: puede que nunca acaben esa novela que tienen en la cabeza, y es posible que jamás lleguen a amarrarse el karategui con un cinturón negro; pero una cosa sí puedo asegurarles: si perseveran, si no se rinden, como mínimo desarrollarán una capacidad de resistencia a la adversidad que les será más que útil en muchos momentos de su vida. Porque el karate, en definitiva, se trata de controlar tu cuerpo, de controlar tus emociones, mediante la concentración, mediante el entrenamiento.
Hace ya tanto tiempo que escribo y hace ya tantos años que practico karate que no sería capaz de afirmar con rotundidad cuánto de estas dos actividades han influido en mi vida. Será que ahora paso muchas horas escribiendo porque desde niño tengo la costumbre de leer buenos libros. Será que echo de menos la práctica del karate cuando no entreno porque tengo la suerte de que mi maestro sea José Herrera. Pero nadie lo llama así. Al menos nadie que lo aprecie. Quienes somos sus amigos, siempre lo hemos conocido por el nombre de Pepín.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2003
Emitido en Aula 20, Onda Cero Andalucía, el 26 de febrero de 2003

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