Esos objetos del deseo

En una estupenda película de Anthony Mann, Winchester 73, un famoso y preciso rifle se convertía en la obsesión de sus protagonistas: el rifle, como las falsas monedas, pasaba de mano en mano, de las de James Stewart a las de un bandolero, a las de un jefe indio interpretado por un insólito Rock Hudson. A todos les sucedía lo mismo: la obsesión por conseguir el magnífico Winchester 73 les llevaba a robar, a matar, a traicionar con tal de conservar el rifle. Algo muy similar, ahora que lo pienso, a lo que les ocurre a los personajes de la trilogía de Tolkien con el anillo. Todos los que lo ven, todos los que lo tocan, todos los que se encuentran cerca de él o saben que existe caen bajo su influjo sin remedio y no cejarán hasta apoderarse de él.
Resulta fascinante el poder que ciertos objetos ejercen sobre nosotros: un jarrón, un tocadiscos antiguo, un disco de vinilo, la primera edición de una novela de nuestro autor favorito, una decicatoria, un autógrafo, un trofeo, la copa donde bebemos el vino cada día, el dibujo de un niño, una vieja cazadora, unos pantalones remendados o una flor reseca entre las páginas de un libro. Lo que nos parece único, lo que nos parece intercambiable, muy bien puede carecer de valor para otras personas. Algo por lo que daríamos si no nuestra vida, sí nuestra fortuna o nuestra salud o nuestro sueño, para cualquier otra persona no merecería siquiera el tiempo de decidir tirarlo a la basura.
Hace poco hemos sabido que la Tizona, la legendaria espada de Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, anda metida en pleitos. El propietario la quiere vender, y la cantidad que está dispuesto a pagar al Ministero de Cultura es, por lo visto, irrisoria. Esta pesada hoja con pomo elaborado ha sobrevivido mil años, diez siglos hasta hoy: pasó por diversas manos hasta que Fernando el Católico la ofreció a Alonso Carrillo de Peralta, condestable de Navarra, a cuya familia ha pertenecido desde entonces. Pero hay otras dos personas a quienes el tío del actual propietario nombró sus herederos que también reclaman la propiedad de la espada.
Aunque parece que ni siquiera se sabe a ciencia cierta —ni se sabrá nunca— si esta espada datada del siglo XI es la misma que Rodrigo Díaz de Vivar llevaba envainada el día que, según la leyenda, puso en desbandada a sus enemigos, cuando ya estaba muerto y lo amarraron a la silla de Babieca en el asedio de Valencia. Como los objetos tienen el valor que queramos darles, no me cuesta imaginar, a los sucesivos propietarios desde el siglo XVI, mirar la espada embelesados, como embrujados por el influjo de un objeto, si no mágico, desde luego sí magnífico. Es lo que tienen esos objetos del deseo, que valen más de lo que cuestan, o es que a lo mejor no pueden tasarse porque los sentimientos o los significados de los objetos no pueden cuantificarse. Pienso en ellos, en los sucesivos dueños durante siglos del arma legendaria y los veo mirar la espada o quizá cogerla y sentir su peso, blandirla incluso en el aire y al escuchar el silbido pensar que es el mismo silbido que debió de escuchar Rodrigo Díaz de Vivar en las batallas. Mirar la espada, acariciar el filo con la yema de los dedos y preguntarse tal vez hasta dónde podrían llegar con tal de conservarla.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2003

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