Xenofobia y gilipolleces varias

 Pues sí, Cristóbal, te doy mi palabra de que yo no tenía intención de comenzar esta nueva sección, La separata, hasta el próximo viernes, viernes 13, por cierto; y que la razón de que esté ahora aquí contigo, contándote lo que me sacude por dentro no es porque mi ánimo sea proclive a la superstición, todo lo contrario: me encantan los viernes y 13, y los martes y 13, y me gusta pasar por debajo de las escaleras de las obras, y hasta los gatos negros me alegran el día. Incluso vestiría de amarillo en días señalados si ese color, el amarillo, se encontrase entre mis favoritos, que por suerte o por desgracia no lo está. Qué le vamos a hacer. El caso es que iba a empezar a castigar a los oyen-tes de Protagonistas con mis opiniones a partir de la semana que viene: iba a hablar de la Ley Antitabaco que yo, que no soy fumador, no acabo de entender, ni de compartir. Pero bueno, tiempo tendremos de hablar de eso y de mucho más.
La razón de que esté ahora aquí sentado diciendo lo que pienso es porque esta semana, al hojear un periódico, me encontré con la misma tontería de siempre por estas fechas, justo al comen-zar el año: resulta que al conmemorarse el otro día en Granada el 514 aniversario de la entrada de las tropas castellanas empezaron a levantarse ampollas, como quien no quiere la cosa. Fíjate bien, Cristóbal, que digo conmemoración, y no celebración, y procuro no ofender a nadie. Y es aquí donde está el problema, cuando cuido las palabras, que no tendría por qué, para tratar de no ofender a quienes, no es que yo quiera o tenga intención de ofender, que desde luego que no, sino lo que es más grave, o más estúpido, a quienes por un lado se sienten afrentados por el acto, y a quienes, por otra parte, aprovechan la conmemoración de la toma de Granada para apropiarse de la historia en beneficio propio, lucir esvásticas y entonar melodías rancias mirando al sol. Pero bueno, creo que ya es hora de que nos dejemos de eufemismos: eso de ponernos modernos, abiertos y tolerantes está muy bien, y yo seré el primero en apuntarme donde haga falta, pero afirmar sin ruborizarse que la conmemoración de la toma de Granada por los Reyes Católicos es una fiesta xenófoba, intolerante, antigua y cateta me parece, y lo digo con todos los respetos, una solemne estupidez: la Historia es la que es, nos guste o no, y que la tengamos presente en actos como éste me parece una manera muy saludable de no perderla de vista, por muy modernos y muy civilizados ―y muy amnésicos también― que nos queramos volver ahora. Hablamos de algo que ocurrió hace más de cinco siglos, y recordarlo no significa sentir nostalgia de ello o pensar que los tiempos pasados siempre fueron mejores. Aunque, bueno, tal vez piensan eso los otros ignorantes, aquellos que decía antes que entonaban el Cara al Sol mientras lucían sin pudor brazaletes con cruces gamadas en Granada. Estos tipos siempre me ponen la piel de gallina: sobre todo cuando quieren utilizar la historia en beneficio propio. Como si los Reyes Católicos, Boabdil o el Gran Capitán tuvieran algo que ver con sus banderas, sus cráneos afeitados o sus botas militares. Y mira que tenía yo ganas de hablar de esta gente, Cristóbal. Te acordarás que te dije hace un par de semanas, cuando unos cabezas rapadas de Valladolid grabaron a fuego una cruz gamada en la piel de una chiquilla, que sobre todo por estas cosas era por lo que quería volver a decir lo que pienso desde un micrófono. Fíjate, Cristóbal, qué poco tiempo ha tenido que pasar para que pueda decirles a los oyentes lo que me parecen estos descerebrados. Tenía entendido que eran los hombres los que grababan su insignia en la piel del ganado. De qué forma más triste me he dado cuenta de que los papeles pueden intercambiarse con tanta facilidad.

  Andrés Pérez Domínguez, enero de 2006


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