Saber decir que no

La verdad es que no estoy seguro de si ya sabía la verdadera razón, Cristóbal, o quizá intuía el meollo del asunto pero, como siempre ando con la nariz metida entre libros, no acababa de darme cuenta. Se que a lo mejor me he acostumbrado a ver el telediario o abrir el periódico y enterarme de que un niñato de catorce o quince años le ha pegado a su profesor, a su padre, a su madre o un compañero de clase por el simple placer de grabar el recuerdo en el teléfono móvil. Pero la clave de todo esto me la dio el otro día una profesora: resulta que muchas veces la primera vez que un chaval escucha la palabra “no” en boca de un adulto no es en su casa, sino en el colegio, a un desconocido que se desgañita delante de la pizarra para meterles cosas valiosas en la mollera mientras les pide por favor que tengan apagados los teléfonos móviles.
Y, fíjate, querido amigo, yo estoy convencido de que los niños siempre han sido ―siempre hemos sido―, igual de malos y de salvajes, porque en los niños y en los adolescentes es donde uno puede encontrar las más sorprendentes y aterradoras dosis de maldad, porque toda-vía, los niños y los adolescentes, no han tenido tiempo de ser domesticado por la sociedad, por la familia, por los profesores. Me acuerdo de aquellos críos de la espléndida novela de William Golding, El señor de las moscas, que sobrevivían a un accidente aéreo en una isla desierta y acabaron matándose entre ellos. Es una muestra de malos que pueden llegar a ser unos chavales que se organizan por su cuenta. Tal vez la traigamos un día a la BDP esta novela de la que te hablo.
Pero lo que yo quiero decirte hoy, Cristóbal, es que algo tan sencillo como saber decir que no tal vez sea el principio. La solución a esta locura no son los castigos, ni siquiera los lamentos por no habernos dado cuenta antes de que por culpa de la desidia tal vez hayamos crea-do algún que otro monstruo capaz de dar una paliza a un profesor, a un compañero de clase indefenso, incluso a unos padres. La única solución, como te digo, tal vez sea tan simple y al mismo tiempo tan difícil como como ésa: saber decir que no a tiempo.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2006


Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

El payaso Trump