Adiós a Sidney Pollack



Bueno, Cristóbal: hace siete días celebraba desde este micrófono la última aventura de Indiana Jones, y ahora vuelvo a darle la paliza a los oyentes con el cine, pero por otros motivos. Si la semana pasada me alegraba del regreso de uno de los grandes personajes del cine, hoy no me queda sino lamentar la pérdida de otro de los grandes directores. Sidney Pollack se nos fue el otro día, para siempre. El hombre que convirtió a Robert Redford en Jeremiah Jonhson, en el agente novato de Los tres días del cóndor o en el aventurero romántico de Memorias de África ya no podrá volver a ponerse detrás de una cámara. Cuando se va uno de los gran-des, querido amigo, y Sidney Pollack lo era, se pierde mucho más de lo que po-demos darnos cuenta a simple vista. Me acuerdo de cuando murió John Huston, Cristóbal, o Burt Lancaster, Katherine Hepburn, Marlon Brando o nuestro Fernán Gómez. Y cada vez que cae uno de estos genios me quedo un momento callado y siento que el cine ya nunca volverá a ser el mismo. Y me da rabia, aunque sea ley de vida, o como el tópico quiera que se diga. Y se me ocurren unos cuantos nombres, querido amigo, que no quiero mencionar para no ser agorero, unos cuantos nombres que están a punto de pasar esa línea puñetera de la que nadie puede volver. Unos cuantos nombres que no alegran las pantallas desde hace años, pero que todavía están ahí, como estatuas legendarias que dosifican sus apariciones en blico tal vez para que no podamos lamentar su declive. Aún quedan unos pocos, pero no puedo evitar cierto desasosiego, querido Cristóbal, porque siento que el cine sin ellos nunca volverá a ser igual.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2008

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