La impunidad
Pues sí, Cristóbal. Ya te lo he contado más de una vez. La última, hace pocas semanas. A mí los tipos que llevan uniforme con tres tallas más pequeñas de las que les corresponde me dan cada vez más asco. Tres gorilas de estos -y cuando digo gorila no me refiero tanto a sus músculos como a su capacidad cerebral- se cargaron a un chaval de 18 años el otro día en Madrid. Un empujón, una tontería, y bueno, ya sabemos todos lo que ha pasado y no voy a contarlo yo otra vez. Prefiero quedarme con el gesto silencioso de sus compañeros de clase el otro día, tan sensatos, tan jóvenes y tan lúcidos, que me hace pensar querido amigo, que, a pesar de todo, a lo mejor el futuro que nos espera no es tan malo, que a pesar de la mierda de mundo que les vamos a dejar en herencia a estos chavales es posible que al final sean capaces de apretar los dientes y tirar para adelante, como todos hemos tenido que hacer en un momento dado.Pero, como te digo, estoy harto de hijos de puta nazis a los que les babea el colmillo ante la perspectiva de una pelea. Ahora hay tres en la cárcel, querido amigo, pero por desgracia es lo que nos queda que soportar a partir de ahora. Y, si es terrible lo que han hecho -cargarse a un chaval que apenas había empezado a enterarse de qué va la vida-, en cuanto me pongo a escarbar un poco me dan escalofríos, Cristóbal, se me ponen los vellos de punta al darme cuenta de la sensación de impunidad con la que estos malnacidos se mueven por el mundo. Su cerebro es tan pequeño que estoy convencido de que no pensaban que iban a matar a Álvaro en Madrid el otro día, y esto no es una disculpa, Cristóbal, qué va, ni mucho menos. Por mí, y para la tranquilidad de todo el mundo, que se pudran en la cárcel. Pero lo peor es tener la certeza de que estos tipos se sienten con la confianza necesaria para hacer lo que les dé la puñetera gana, sacar a un chaval a empujones de una discoteca y darle golpes hasta que se les cansen los brazos. Es esta impunidad con la que son capaces de actuar lo que más me preocupa, Cristóbal, que se creen por encima de las normas, por encima de la Ley, por encima del bien y del mal, tan seguros de sí mismos con sus camisetas estrechas y sus cerebros de mandriles que piensan que nadie puede hacerles daño.
Yo no sé tú, y tampoco sé los oyentes, pero yo me voy haciendo mayor y no estoy dispuesto a aguantar que un hijo de puta de estos con cerebro de mandril me levante la voz o insinúe siquiera amenazarme.
© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2008
Comentarios
Un abrazo.
Un abrazo,
Es una pena!!!Una pena y una barbarie.
Mil besos,
Antonia J Corrales
Un beso,
Por el próximo día 30 y por tu estupendo trabajo.
Siempre es un placer leerte.
Un beso fuerte.
Amparo.
El placer es, siempre, que a uno lo lean.
Un beso grande,