Premio Max Aub. Aniversario



Hoy hace trece años que tuve la suerte de ganar uno de los premios que con más ilusión he escrito siempre en mi currículum. Era sábado cuando se falló, pero yo no me enteré hasta el lunes siguiente. Aunque algunos textos míos ya habían sido galardonados, por aquella época yo no era muy aficionado a participar en certámenes literarios, y algunos amigos me habían recomendado presentarme al Premio Internacional de Cuentos Max Aub. Además de ser muy prestigioso, está muy bien, porque si eres finalista te llaman y puedes ir a la ceremonia, me dijo alguien. Como no me habían llamado y el premio se fallaba pronto, había perdido toda la esperanza. Pero me habían informado mal, porque el lunes, al final de la mañana, me telefonearon para decirme que mi cuento, Ojos Tristes, había resultado ganador entre los más de mil textos presentados. Doy las cifras con el mismo asombro que entonces, sin intención jactanciosa, porque hoy, igual que cuando empezaba, sigue sorprendiéndome que alguien que no me conoce de nada dedique su tiempo a leer una historia escrita por mí.
Como decía, ya había ganado algunos premios antes del Max Aub —de hecho, la chispa del relato ganador de este premio surgió en un viaje a Asturias que había hecho el año anterior para recoger otro premio—, y la fortuna ha seguido sonriéndome y he tenido la suerte de ser premiado otras muchas veces después del Max Aub, pero este premio siempre será especial, casi tanto como el Ateneo de Novela de Sevilla. Los dos trofeos comparten la misma balda en mi librería, por cierto. Antes de ganar el Max Aub yo era lo más parecido a un escritor clandestino: quiero decir que muy poca gente sabía de mi ilusión y las horas que robaba al sueño para pergeñar historias. Pero ya no pude esconderme: esos días mi nombre y mi foto salieron en la prensa varias veces, y en la radio, y alguien me contó que en la tele, pero esto nunca lo vi. Todavía hoy no es infrecuente que en alguna feria del Libro venga un lector con un ejemplar inencontrable de Ojos Tristes para que le estampe mi firma. Y, en realidad, creo que en ese cuento de apenas una docena de páginas se encuentra el embrión de todo lo que he escrito después, la forma en que me gusta contar, sobre todo: varios lugares reconocibles para los lectores, un triángulo amoroso, una estructura no lineal en la que la narración va dando saltos en el tiempo y hasta que el lector no termina la historia no tiene el mapa completo de lo que ha sucedido; la emoción siempre presente, espero. Me alegra, y mucho, que haya gente que me recuerde o sólo me conozca por ese cuento.
No recogí el premio hasta justo un año después. La costumbre es, o al menos era entonces, que el ganador participase en los actos que se celebraban en Segorbe (donde está la sede de la fundación Max Aub) durante la entrega del premio. Recuerdo que cuando fui a recoger el  Max Aub estaba puliendo la última versión de La clave Pinner y me pasé todo el viaje en tren garrapateando notas con el lápiz en el manuscrito.
Llevé a mis padres conmigo. Y mereció la pena. Pocas veces me han tratado tan bien en este mundillo literario. Sonreían hoy los dos, mi padre y mi madre, con un punto de nostalgia, cuando les he recordado que ya han pasado trece años.
Ellos saben por qué.

Mayo de 2013

Comentarios

  1. Qué bonita experiencia. Gracias por compartirla con nostros en forma de aniversario. Un beso.

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  2. Ya ves, se me había pasado, el domingo no lo leí, ahora llego aquí y me conmueve muchísimo, además de un tan gran premio (Nada menos que Max Aub y en Segorbe), el saber que tus padres estaban presentes en la entrega y se emocionaron tanto.
    ¡¡¡ENHORABUENA!!!
    Un gran saludo.
    P.D.: He compartido en Twitter y además, me gustaría leer "OJOS TRISTES", ¿lo pondrás?

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  3. Gracias por vuestros comentarios.
    Aurea Vicenta: espero que Ojos Tristes se publique en alguna colección de cuentos y lo pueda leer todo el que quiera. No me gusta colgar mis obras en Internet. Nunca lo hago.

    Abrazos,

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