Aislamiento voluntario
Apenas me acerco a la playa en
julio y agosto pero si puedo procuro visitarla en junio y en septiembre. El año
pasado por esta época estaba muy liado con la inminente promoción de El silencio de tu nombre y no pudo ser, y aunque este año en junio también lo
intenté algunos días el buen tiempo llegó muy tarde y cuando fui a la playa
siempre llovía o estaba nublado, lo que supone una alegría cuando ya has
soportado alguna ola de calor veraniega pero no tanto si acabas de salir de una
primavera inestable y te apetece estrenar el verano antes de que cualquier
playa cercana se convierta en un sucursal de Sevilla. Tengo un amigo al que le
gusta retirarse de vez en cuando a monasterio para estar semanas sin hablar, en
pleno recogimiento, y aunque más de una vez he pensado que debe de ser una
experiencia tremendamente enriquecedora, de momento me basta con unos días en
la playa fuera de temporada. No es que mis días sean muy diferentes al resto
del año, porque aunque quiero pensar que estoy de vacaciones me sigo levantando
temprano para escribir y estrujarme la cabeza para sacar adelante las dos
novelas en las que estoy trabajando. Leo, veo alguna película si me apetece
pero también si hace bueno me doy un baño en un mar en el que ya apenas queda
gente, y sobre todo camino por la orilla hacia la línea del horizonte
escuchando programas que tengo grabados en podcasts, un gran
invento para los que nos gusta la radio, por cierto. Camino muy lejos, hasta
que sólo veo gaviotas devorando peces en la orilla, gaviotas que me ignoran
aunque esté muy cerca y cuando abren las alas y se lanzan picotazos entre ellas
para pelearse por la comida se me antojan tan grandes como buitres.
El móvil rara vez suena porque
la cobertura no es muy buena y, como algunos lectores de esta bitácora saben,
hace tiempo me liberé de la tiranía del whatsapp. No uso Facebook ni
Twitter en el teléfono, y lo único que echo de menos en la playa es poder
escribir una entrada en este blog cada vez que me apetezca, quizá porque para
comprender el mundo ―para comprenderme a mí mismo, también― necesito poner por
escrito lo que pienso.
Pero nada puede ser perfecto...

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Un abrazo,