Ruido
Salta en los medios de
comunicación una noticia estos días que me hace reflexionar sobre la relación
que tenemos con el ruido: se está celebrando el juicio a una joven cuya vecina
acabó de los nervios de tanto oírla tocar el piano cada día. No sé en qué
acabará el asunto, y aunque pedir siete años de cárcel para la pianista me
parece desproporcionado, tengo que decir que el ruido resulta tan terrible para
quien lo padece como insignificante o risible para quien no le molesta. Me temo
que en un país donde cualquier reunión de amigos parece una algarabía y en los
bares mucha gente parece estar discutiendo o celebrando que le ha tocado la lotería
la denuncia de la vecina a la mayoría no le parecerá más que el lamento de una
quejica aguafiestas, ya saben: esas personas tocapelotas que disfrutan incordiando.
Pero basta tener la ventana abierta un rato para que antes o después se te
cuelen los molestos sonidos de una obra, las motos circulando a escape libre,
la música del vecino tan alta porque debe de estar convencido de que a todo el
bloque le gustan las mismas canciones que a él, o los perros, que a veces
pienso que del mejor amigo del hombre terminarán convirtiéndose en una forma
moderna de tortura. Yo me he criado en el campo, con muchos perros y mucho espacio,
y los adoro. Pero donde vivo ahora a veces me da la sensación de que en cincuenta
casas viven otros tantos perros, como mínimo, y a veces, cuando algún vecino
saca a pasearlos por la urbanización y esto se convierte en una jauría —y a las
cinco y media de la mañana uno no tiene ganas de escuchar a los perros ladrar— me
dan ganas de emigrar a un monasterio o que alguien invente una pastilla, por
favor, con la que puedas desconectar el sentido del oído cuando quieras.
© Andrés Pérez Domínguez,
noviembre de 2013

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