Jalogüinizados
Hace calor, mucho,
en el sur. En septiembre y a primeros de octubre diluvió y hacía fresco como en
un otoño anticipado que ahora se antoja un espejismo. Pero pronto, tal vez
mañana o pasado empiece a hacer frío y al salir a la calle el olor del humo
prematuro en alguna chimenea nos vaya acercando un poco más al otoño, o al
invierno, para el que no falta tanto
aunque el cielo lo desmienta entre Despeñaperros y Algeciras. Cada año, en esta época
en la que el verano nunca se acaba de ir y el otoño no acaba de llegar, me
quedo parado siempre un momento delante de los expositores con los mantecados
en el supermercado, tan pronto, y veces me sorprendo probando alguno cuando
todavía salgo al campo en pantalón corto y camiseta, como en verano. Pero aún más que los
mantecados a destiempo me chocan los adornos de Halloween en España, más
todavía en el sur y con este calor. Ayer vi un coche de caballos, tan andaluz y
tan tópico, en cuyo asiento alguien había tenido la ocurrencia de colocar una
muñeca vestida de bruja y una calabaza. Debe de tratarse de alguna modalidad
artística que desconozco. Esta mañana hago un descanso en el trabajo y doy un
paseo con mi perro. Luce un sol playero y hace calor, pero en el jardín de una
guardería las niñas van vestidas de brujas, con capas negras y brillantes, y temo
que el maquillaje que les habrán puesto sus madres con tanto mimo termine
derretido en una gelatina repugnante si el recreo dura demasiado. Al menos he
podido regresar a casa sin que una panda de chiquillos disfrazados de brujas y
de vampiros me haya preguntado eso de truco o trato. Nunca sé qué responder.
© Andrés Pérez Domínguez,
octubre de 2014


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