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Admiro a
la gente que se calza unas zapatillas de deporte, se pone un pantalón y
se enfunda en una camiseta para salir a correr. Hacer running,
como dicen ahora los modernos. Hace mucho que tiré la toalla. Más que cansarme,
me aburre correr. Lo curioso es que soy capaz de pasarme horas andando a buen
ritmo o pedaleando sin rumbo por senderos poco transitados.
Este año,
en otoño, hará treinta y cinco años que pisé el tatami de una escuela
de karate por primera vez. Con los altibajos normales de tres décadas y
media, desde los doce años llevo practicando este arte en el que nunca dejas de
aprender, a menudo sobre ti mismo porque, a poco que quieras progresar, más que
un reto continuo resulta una deliciosa obsesión. Nunca me ha interesado
competir, y que ahora lleve un cinturón negro se debe más a la
insistencia de mi maestro que a mi voluntad. El cinturón sólo sirve para
amarrarse el karategui; un karateka “tiene” tal o cual cinturón,
no “es” amarillo, naranja o negro. Recuerdo con una sonrisa esas frases que he
escuchado tantas veces, muy certeras, porque el nivel de un karateka no
siempre se corresponde con el color de su cinturón: puede ser mayor, igual, o
inferior.
Una
lesión, la operación delicada de una de las pocas personas por las que daría la
vida, las últimas correcciones de mi nueva novela y otras complicaciones
que no vienen al caso me habían tenido apartado del tatami durante los
últimos tres meses. Ya notaba demasiado la falta del karate, y seguro
que también la notaban quienes me rodean: igual que cualquiera acostumbrado al
ejercicio intenso, me dolía todo el cuerpo, me antojaba oxidado, falto de
reflejos, fácilmente irritable, impaciente y poco tolerante. Ayer volví a
entrenar. Vivo muy lejos del dojo y fui con tiempo suficiente
para aparcar, caminar hasta Hon Ken, saludar a mi maestro y,
sobre todo, pedirle permiso para entrenar; volver al coche para recoger el
macuto, ir de nuevo hasta la escuela y cambiarme. Sé que a quien esté
acostumbrado a esos lujosos gimnasios que te bombardean con ofertas le sonará raro lo que acabo de escribir: pedir permiso para entrenar. Son
tres décadas y media de karate, decía más arriba. Viejos hábitos
relacionados con la disciplina y el respeto que no merece la pena
explicar a quien no quiera entenderlos. Quizá tampoco me crean si les digo que
he dormido mejor, que esta mañana el sol brillaba más, que los problemas se han
esfumado, que al caminar tengo la misma sensación que si flotara y que la vida
parece haber recobrado la armonía que le faltaba.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo
de 2016

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