Pensar un poco más


Pensar un poco las cosas antes de decirlas debería ser tan sencillo que uno cree tontamente que bastaría respirar hondo o apretar los labios un instante antes de meter la pata, pero descorazona observar que casi nunca sucede y lo único que te queda es la resignación silenciosa, con suerte, o sólo el silencio la mayoría de las veces. Por desgracia a menudo estás rodeado de quienes no piensan un poco o a lo mejor ni siquiera piensan. Puesto que debe de ser una epidemia, procuras no culparlos, y humillas los ojos también para no perder amigos o acaso para no sumar enemigos porque de estos siempre los hay aunque no te esfuerces en merecerlos. Escuchas desde siempre, y sobre todo en los últimos tiempos, a gente que odia todo lo catalán la lengua, el  Barça, hasta las canciones de Lluís Llach y el pan tumaca por una costumbre confusa casi siempre heredada y sobre todo apenas razonada; con algunos amigos catalanes ocurre justo lo contrario, y “España nos roba” se convierte en una letanía tan cansina como delirante. Y ojalá fuera sólo Cataluña: para algunos amigos, Pedro Sánchez es un inepto que acabará vendiendo España a los nacionalistas mientras, durante sus vacaciones en Andalucía, escoltas que lo protegen obligan a cerrar salones completos de restaurantes en temporada alta para que el presidente y su familia puedan comer sin ser molestados. Te cuentan tantas barbaridades y te callas, para qué discutir, para qué gastar tiempo y saliva en sugerir un pensamiento más pausado y menos radical. También lo haces cuando otros amigos se mofan de Pablo Casado, al que ven como la reencarnación de un anacrónico Cid campeador, o del malogrado Rajoy, de quien mejor no decir que te cae bien para que algunos, que prefieren verlo con rabo y cuernos demoníacos, no te miren con mala cara o acaso te retiren el saludo. Eso en tu círculo más cercano, porque en las redes sociales, donde todo se multiplica hasta resultar agotador, aún es más conveniente no entrar al trapo. Incluso escritores cuyo trabajo respetas, a veces parecen hinchas de un equipo reclamando un penalti dudoso. Lo peor de todo esto es que el misántropo que llevas dentro te aconseja aislarte de tanto vocerío, del real y del virtual, asentir con desgana cuando alguien te cuenta sus cuitas, sentarte en un rincón o dar media vuelta para caminar un rato, con la secreta intención de ejercitar eso tan saludable de pensar un poco más, allí, tan lejos, donde el ruido no pueda molestarte.


© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2018

Comentarios

Miguel Sánchez nchez ha dicho que…
Los del amigo Andrés son los temores que siente el ciudadano pretendiendo vivir entre botarates.
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Así es, Miguel: ni más ni menos...
Miguel Sánchez ha dicho que…
Hace unos días un amigo me pasaba la noticia de un supuesto acuerdo entre el Gobierno de Sánchez y las autoridades catalanas, en virtud del cual el Instituto Cervantes comenzaría a enseñar el español como segunda lengua en Cataluña.La información incluía las páginas del BOE en el que se publicaba el acuerdo, así como la opinión del divulgador (¿periodista?, ¿particular?, ¿simplemente malvado?)que atribuía el acuerdo al tributo que empezaba a pagar Sánchez por el apoyo de los partidos catalanes a su moción de censura.Haciendo un poco de caso a la entrada del blog, esto es pensando un poco antes de tragarnos en anzuelo, caemos en la cuenta de que el castellano es la lengua oficial del Estado, y de que sería mucho descaro poner por escrito en el periódico oficial de ese mismo Estado, que el español iba a enseñarse en una parte de España como lengua extranjera. Pensar un poco más a veces supone leer un poco más (en ocasiones, también leer un poco menos) y por eso me leí las cuatro o cinco páginas del BOE en el que se publicaba el acuerdo. Descubrimientos, sorpresas y mentiras variadas: el convenio no era entre el Gobierno de España y la Generalitat, sino entre la Universidad de Girona y el Instituto Cervantes; el acuerdo no era para enseñar a los catalanes el español como lengua extanjera, sino para formar profesores al fin de que enseñen el español en aquellos países del extranjero donde el Instituto Cervantes tenga sedes y centros acreditados; y por último, y traca final, el convenio que nos presentaban como impuesto revolucionario, precio del chantaje por el apoyo a la moción de censura, no era sino la renovación del convenio que se firmó en 2001, durante el Gobierno de Aznar, entre la universidad catalana y el Instituto Cervantes.
La maldad no se nos colaría hasta el corral si hiciéramos caso al consejo de Andrés y pensáramos un poco más para que otros no piensen por nosotros.
Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Interesante experiencia, Miguel. La copio y me la llevo a mi página de Facebook, para que puedan leerla más lectores. Gracias por compartirlo.

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