Tanta gilipollez


Ayer no me reconocí. Fue apenas durante un pestañeo, pero se me hizo largo. Estaba en la sala de espera de un hospital, acompañando a una persona muy querida para que la viera un médico. Ni un asiento libre cuando llega una mujer joven y guapa empujando un cochecito con una niña. La cría, preciosa, tenía el brazo escayolado. De una forma automática, los modales machistas que no puedo borrar de mi educación, por más que lo intento, me ordenaron levantar el culo y ofrecer mi asiento a la recién llegada. Pero me lo pensé. Había una razón. Y no se trata de un excusa, palabra. Sólo unos pocos días antes, la joven socorrista de un hotel me regaló una mirada de odio cuando tuve la maldita idea de hacerme a un lado y empujar la puerta para dejarla pasar a la piscina. Un amigo se reía cuando se lo conté. Hay que tener cuidado con esas cosas, Andrés, me dijo. Yo procuro evitar la amabilidad con las mujeres. No quiero problemas. Te guste o no, así están las cosas. Pero es que no puedo evitarlo, protesté. No es sólo con las mujeres, sino con la gente en general. Bueno, vale, lo confieso: con las mujeres un poco más. El otro día iba por la calle y a una chica se le cayó un papel al suelo. Antes de que pudiera darme cuenta ya me había agachado para recogerlo y se lo entregaba. La verdad es que no me dio las gracias, ni siquiera sonrió. Hasta mucho después no caí en la cuenta de que mis modales de varón retrógrado pudieron haberla ofendido. A ver qué hago a partir de ahora, porque ya soy demasiado viejo para cambiar: a veces, en un imperdonable gesto machista, hasta rodeo mi coche para abrir la puerta del pasajero y no la cierro hasta que la mujer que me acompaña se ha acomodado. Supongo que no me queda otra que vivir en un conflicto irresoluble hasta el fin de mis días. Ayer, en la sala de espera del hospital, sufrí la primera crisis. Ya digo, fueron sólo un par de segundos y la enfermera nos llamó antes de que mis rancios modales me hicieran dar la nota. Pero fue lo bastante para sentir asco de mí mismo. No por ser un hombre anticuado, sino por ceder, aunque fuera por un instante, al chantaje de tanta gilipollez.


© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2018

Comentarios

Nati Escalada ha dicho que…
Pues yo me siento muy mujer, ni más ni más menos que cualquier otra y a mi me gusta un Hombre (si, con mayúscula) que sea educado y porqué no, caballeroso

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda