De mayor quiero ser Ancelotti

 

  Mi relación con el fútbol es paradójica: el juego apenas me interesa, no siento una pasión desmesurada por ningún equipo, pero al mismo tiempo envidio a esos aficionados que se desgañitan en el campo o se comen las uñas delante de la tele; pero la mayoría de las situaciones que no tienen que ver con los partidos me generan una enorme curiosidad por lo de impagable estudio de la condición humana que revelan. No es raro esto, creo, y, además, son las contradicciones las que nos humanizan. De otra forma no seríamos sino robots aburridos. Y yo no quiero ser eso. Ni ahora ni nunca. Si acaso, de mayor quiero ser Carlo Ancelotti. Lo tengo clarísimo. Y no lo digo por la pasta que se levanta cada año, sino por su carácter, que también observo con una mezcla de envidia y admiración en algunos tipos cercanos que me recuerdan al italiano. Ese alzamiento de ceja, entre cínico y guasón, a lo Sean Connery, ese aire innegable de bon vivant recién llegado de una playa exótica o a punto de irse a ella con una mujer de bandera, esos modales exquisitos, ese no tener que demostrar nada ya porque, oye, ahí está el currículum: quien pueda, que empate; ese venir ya de vuelta de todo y poder encogerte de hombros porque eres así y a quien  no le guste es su problema, ese respeto de los demás, esa lucidez del torero que con su sangre derramada se ha ganado el derecho a ver las corridas desde la barrera y si ha de hacer el paseíllo otra vez pues se hace y ya está, sin mancharse el traje; ese saberse un prestidigitador consciente de todos los trucos de su oficio.

Viene a cuento lo anterior porque este tipo al que tanto envidio dijo ayer que el sufrimiento en su cargo es mayor que la felicidad. Sería fácil rebatírselo, y no digo yo que sin razones. Muchos dirán que con lo que gana el sufrimiento será más llevadero. Pero no creo que le falte razón, y lo digo de verdad. Estoy seguro de que bastantes jugadores, muchos más de los que pensamos, sufren una infelicidad inconfesable. Aparte de un puñado tocado por la varita mágica del destino, para la mayoría es distinto. Incluso esos pocos elegidos no se libran de lo malo. Basta mirarlos bien para saberlo.

Cuenta Ancelotti que, mientras la felicidad puede ser compartida, el sufrimiento es para uno solo. Que su cargo lleva aparejadas decisiones que generan daños colaterales. Todavía me cae mejor este tipo. Nunca son las cosas tan bonitas como las vemos desde fuera. La vida de los demás suele parecernos mejor que la nuestra, sus casas más limpias y la biblioteca más ordenada. La felicidad es así: sólo se percibe en los otros, desde lejos o con el paso del tiempo. Basta rascar un poco, o pensar un poco, para darse cuenta de lo menos evidente. Me da que muchos no compartirán lo que digo. Pero esto va de decir lo que uno piensa, no de complacer a nadie. 

Por cierto, si alguien está interesado en conocer los entresijos del mundo del fútbol y además pasar un rato estupendo, le animo a leer la trilogía de Philip Kerr protagonizada por Scott Manson, segundo entrenador del ficticio equipo London City, a saber: Mercado de inviernoLa mano de Dios Falso nueve. Tres novelas repletas de tópicos y situaciones increíbles, pero instructivas a rabiar y sobre todo entretenidas. Parece una paradoja, ¿verdad? Pues sí, pero ya lo dije al principio: gracias a las contradicciones la gente es más interesante, más atractiva, más divertida. Y las novelas son, o deberían ser, como la vida, como las personas: deliciosamente imperfectas. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2024

 

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