Carambolas
El síndrome de Mowgli es, de mis novelas, una de las menos vendidas, pero al mismo tiempo es de las más apreciadas por muchos lectores. Estas paradojas son habituales, en la vida y en los libros. Lo he contado muchas veces, sólo lo apunto de nuevo para quien no lo sepa: tras La clave Pinner me empeñé en escribir algo muy distinto, y el precio de hacer lo que te da la gana es que los editores te digan, vale, chaval, tu nueva novela es estupenda, pero no la vamos a publicar. Cuando tengas otra de espías ya hablaremos, si eso… El síndrome de Mowgli terminó ganando un premio y publicándose. Hoy me ha vuelto a dar una alegría. Y ya van unas cuantas. Pasa desde que empecé a escribirla, o mucho antes, cuando el niño que fui leyó las obras completas de Kipling en un hermoso tomo con tapas verdes, lomos dorados y papel biblia sacado de la biblioteca. Allí estaba el Mowgli de verdad, no el de la película de Disney. Siempre quise tener un perro para llamarlo así. Pasaron muchos años y, como soy un hombre de palabra, lo cumplí.
Escribir esta novela me empujó a largarme a Lisboa para localizar escenarios. Un viaje que sobre todo pertenece al ámbito personal y siempre recordaré con cariño. Luego llegaron el premio, la publicación, los lectores, las entrevistas, los viajes de promoción y, como suele pasar con los libros, el olvido. O casi. Muchos años después, cuando estaba a punto de viajar a Moscú y a San Petersburgo para localizar escenarios de otra novela, me escribió alguien desde Rusia que había comprado El síndrome de Mowgli en Málaga, le había encantado y se ofreció a ser mi guía y mi intérprete. Nunca le estaré lo bastante agradecido. Mi periplo ruso habría sido mucho más difícil sin la ayuda de Olga Zuzdaleva. No creo en el destino, pero estoy convencido de la fuerza poderosa del azar. En un pasaje de la novela, Rafa Montalbán, el protagonista, dice esto (en realidad lo escribí yo, pero al volver a leerlo tantos años después siento, igual que los lectores, que el personaje está vivo, que sus palabras son suyas y no mías): “Así es la vida, muchas veces lo pienso, como una partida de billar: alguien impulsa una bola con el taco, y la bola rueda, golpea en una banda, y en otra, y le da a una bola, y a otra, y de nuevo a la banda. Y todo se pone patas arriba sin que podamos hacer otra cosa salvo apretar los dientes y esperar.”
Me contaron una vez que un lote de ejemplares de El síndrome de Mowgli circula sin cesar desde hace años por las bibliotecas de Andalucía. Doy fe porque cada cierto tiempo me llega una invitación desde algún rincón del sur para pasar un rato con lectores de la novela. Esta mañana me han enviado un par de fotos desde Moclinejo (Málaga), donde por lo visto los miembros del club de lectura debaten con sincera pasión sobre los personajes. Siempre me ha fascinado el poder de la ficción, cómo algo surgido de la imaginación de un creador puede calar tan hondo en los demás. A mí me ha pasado muchas veces, me sigue pasando, y ojalá sea así toda la vida: al leer, al ver una película, me emociono tanto que a menudo se me eriza el vello. El mayor premio para mí es conseguir provocar algo así en un lector. Siempre me sorprenderá. Jamás habría imaginado que a los demás les podría pasar eso con mi trabajo. En los últimos tiempos la vida aprieta por otros costados y ando un poco apartado del oficio: escribo, pero menos que antes. No me quejo. En realidad, no tengo motivos para quejarme. Hace unos años me preguntaron en una entrevista qué pensaría si estuviera a punto de ahogarme. Respondí lo mismo que diría ahora: lo aceptaría con calma si no pudiera hacer nada por evitarlo y me hundiría en paz. Triste por los que sufrirían por mí. Quiero decir que, si todo se acabase esta tarde, me sentiría satisfecho por lo conseguido. La fortuna me ha puesto muchas veces la mano sobre el hombro. Y, sí, lamentaría mucho la pena de quienes me quieren.
Ando deshaciendo nudos complicados estos días. Nada que ver con el oficio literario que, al cabo, no es sino un hermoso juego de incierto resultado. Ayer conseguí desatar uno de esos nudos. Esta misma mañana he soltado otro; y otro más parece que se va aflojando solo. Otros no podré, o no me dejarán. Pero así es la vida. Como esas bolas de billar que mencionaba mi querido Rafa Montalbán. No hay que ser perfecto, sino hacer lo que uno pueda, como mejor sepa. Y en lo que a un servidor respecta, quienes me conocen lo saben, pelearé hasta el último aliento. Como haría Rafa Montalbán, o Gordon Pinner, o Rosa, o Nico Gallardo, o Anne Cavour, o Martín Navarro, o Erika Walter, o Artemio Corona, o el coronel Makarov, o Yekaterina Paulovna Velyaminova... Al cabo, uno no es sino lo que ha escrito.
Si, además, un libro que pariste hace dos décadas sigue alegrándote los días, sería injusto pedir más.
Gracias, de nuevo, a quienes estáis ahí.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2024
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