¿Te puedo llamar?

 

Tardé mucho en subirme al carro del guasap. Desde que sucumbí a su hechizo lo he dado de baja varias veces con una mezcla de alivio y de preocupación por sentirme aislado. Además, no tener guasap es uno de los motivos, otro de tantos, para que te tilden de raro, a tu cara o a tu espalda, si es que no desconfían de ti, sobre todo si no te conocen. ¿Cómo no va a tener guasap? Cuidado con este tío, a ver si ha salido de una vaina, como los extraterrestres de aquella película. Vigilémoslo, por si acaso. Con estos mimbres Philip K. Dick o Ray Bradbury escribirían una historia pesimista de ciencia ficción. Como ya no pueden, por desgracia, lo mismo acabo escribiéndola yo, aunque no atesore ni un miligramo del talento de esos dos genios. 

Debe de hacer cuatro o cinco años que no desactivo el guasap, no me refiero a quitarlo durante unas horas o días, sino a quitarlo durante una temporada con la esperanza estúpida de que sea para siempre. Aunque es útil, lo reconozco, salvo en caso excepcionales apenas lo uso, y rara es la vez que no me arrepiento de haberlo usado demasiado. Prefiero hablar cara a cara o, en su defecto, por teléfono. Tiene que ver, supongo, que usé el guasap por primera vez cuando cumplí los cuarenta y tres veranos, hasta los veintisiete no llevé un móvil encima, y entonces tenía la buena costumbre de casi nunca encenderlo.

Una de las cosas que más me molesta del guasap es que cada vez hablamos menos por teléfono. Me da que mucha gente apenas llama y mucho menos espera que la llamen, o acaso se molesta o se siente incómoda cuando alguien marca su número de una forma espontánea. Resulta preferible, parece, la protección de la pantalla, la asepsia del mensaje.

 ¿Cuántas veces os han mandado un mensaje para preguntaros si os pueden llamar? ¿Cuántas veces lo habéis mandado vosotros? No digo una llamada para un asunto profesional o para algo personal con quien apenas tienes confianza. Me refiero a un amigo, a tu pareja, a alguien de tu familia. Ahí quería llegar, queridos. 

No soy muy accesible, lo reconozco. Debe de ser un defecto de fabricación, una de esas diversas taras que todos arrastramos sin darnos cuenta. O tal vez sea una virtud. Todo depende de como uno quiera verlo. Al mismo tiempo, tengo disponibilidad absoluta para un puñado de personas. Y cuando digo disponibilidad absoluta quiero decir disponibilidad absoluta. Lo primero que hago cuando cambio de móvil es instalar una aplicación que discrimine las llamadas según las horas y los días de la semana. Lo siento, pero me gusta estar a mi aire, sin mirar el teléfono, leyendo, paseando, conduciendo, viendo una película o haciendo otras cosas, confesables o no, de las que no me apetece hablar ahora. Por eso no estoy disponible para la mayoría. Sin embargo, hay un puñado de personas, como apuntaba, incluidas en una lista especial. Para ellas mi teléfono sonará siempre. A cualquier hora y para lo que deseen, me da igual que sea para contarme un chiste, pedirme que acuda a sacarlas de un apuro o porque les apetezca charlar un rato conmigo. Pocas cosas demuestran tanto como eso. Que alguien desee hablar contigo, sin ninguna razón especial. Sólo porque se lo pide el cuerpo. Veintiuna personas en total en esa lista, acabo de contarlas: familia, y no toda, además de unos cuantos amigos. Y amigas, claro. Ya sabéis: en determinados asuntos, para que no haya dudas conviene desdoblar el género. No suele pasar, por fortuna, pero me duele cuando una de las personas de esta lista me manda un mensaje para preguntar si me puede llamar. Siempre digo lo mismo: llama cada vez que lo necesites. Si no te puedo atender en ese momento, te lo diré o te devolveré la llamada en cuanto pueda. Si no hoy, mañana, y si no cualquier otro día. Pero ten por seguro que lo haré. He de confesar, también, que me lo pienso dos veces antes de marcar los números de la mayoría de estas personas (no resulta fácil saber si el cariño es correspondido en la misma medida, y no tiene porque ser así, la verdad, nada debería ser obligatorio), pero el viernes, uno de los amigos de esa lista, tras unas cuantas copas de vino me decía que lo llamase cada vez que lo necesitara. Él no dudaría en hacer lo mismo. Si yo necesito hablar con un amigo a las tres de la mañana, lo llamo, sentenció. Si no, no es un amigo.

No le faltaba razón. Quizá en estos tiempos puñeteros del guasap tu gente sea la que te llama sin preguntar antes si molesta. Aquellos a los que tú también puedes llamarlos sin pedir permiso. Conque, prueba a marcar mi número a una hora intempestiva. O un sábado. O un domingo. Si mi teléfono da señal de llamada, es que te considero de los míos. Y si no contesto, no te preocupes. Ten por seguro que te daré un toque en cuanto pueda. Y si te escribo para preguntar si te molesto es porque, lo siento, no somos tan amigos como creías.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2024

 

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