Ardor guerrero
“Infantes de marina / Marchemos a luchar / La patria engrandecer / Y su gloria acrecentar / Nobleza y valentía / Nuestros emblemas son / No abandonar la enseña / Al ruido del cañón / Y si morir por ella / Es nuestra obligación” He cantado lo anterior, en otra vida (tengo la sensación de haber vivido unas cuantas), sin ningún entusiasmo y aún menos ardor guerrero, pero recuerdo a muchos reclutas gritar el himno con alegría. Para las guerras prefiero echar los dados sobre el tablero del Risk. No soy un caso aislado, parece: España, leí el otro día, es el quinto país del mundo con menos ciudadanos dispuestos a luchar por su territorio. Sólo tenemos por delante a los italianos, austriacos, alemanes y nigerianos. Menos de un tercio de los españoles iría voluntariamente al frente. Aunque estoy en bastante buena forma, ya voy teniendo edad para no ir al frente, pero me pregunto que pasaría si la cosa se complica y me llamasen a filas. Basta mirar a Ucrania para comprobar que cualquier cosa, por inverosímil que parezca, es posible. Las banderas me provocan bostezos interminables y mi concepto de patria es tan difuso que acabo concluyendo que la única frontera que defendería a tiros, a navajazos, incluso a mordiscos, es la que circunda a mi familia, y sólo son unos pocos los de mi sangre por quienes daría la mía. Seguro que también le pasa a la mayoría. No me parece mal la ausencia de ardor guerrero, ni la mía ni la de mis compatriotas. Al contrario, lo considero una conquista irrenunciable. Eso sí, no intentes hacer daño a ninguno de los míos. Hay guerras que uno está encantado de librarlas.
P. S. : pensaba relacionar esto con el aniversario del Desembarco de Normandía, pero creo que el Día D merece un texto propio. Si la vida no se me complica demasiado de aquí al jueves, me pondré a ello.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2024
Comentarios