Closer to the bone

Cada vez que entro en un supermercado tengo la misma sensación que cuando compro una entrada para el cine en uno de esos emporios en los que se venden palomitas y hay tantas colas de gente como salas en el centro. En el supermercado veo los limones, las naranjas, las fresas y los pomelos tan pulcramente empaquetados en envases de plástico transparente donde se pueden ver pero no se pueden oler, tan cómodos de cargar en el carro y pagarlos con un tajo de la tarjeta de crédito —para no desentonar, el dinero, igual que la fruta, también ha de ser de plástico—, y me acuerdo de las viejas fruterías donde los limones olían a limones, las naranjas a naranjas y a flor de azahar, las fresas a fresas y los pomelos a pomelos. En la cola para entrar en la sala de cine, después de hacer otra cola en la taquilla donde alguien te habla por un micrófono apenas inteligible tras un cristal blindado, me vienen a la memoria los ventanucos en la pared de los cines antiguos, aquellos en los que cuando éramos niños los mayores bromeaban con nosotros y nos decían que como nadie podía caber por ese hueco tan angosto los metían allí cuando eran pequeños.
Entonces los cines no se levantaban junto a centros comerciales y, aunque parezca una estupidez nostálgica, quizá por eso no tenían ese aire aséptico de homogeneidad como los multicines de ahora. La evolución de los supermercados ha ido pareja a la de las salas de cine. Como los indios que se iban retirando cada vez más hacia el interior ante el avance imparable de los colonos y del progreso, cada vez quedan menos tiendas donde las cosas saben a lo que deben saber, y cada vez quedan menos cines de los de siempre y, los pocos que sobreviven, parecen disfrutar de una prórroga que al final los conducirá a la derrota, a la especulación inmobiliaria, para que algún constructor avispado levante un bloque de pisos tal vez, o, quién sabe, para mayor escarnio, un centro comercial con supermercado y multicines y de paso se forre de pasta. No hace tanto tiempo, muy pocos años, y tal vez por eso en Sevilla uno recuerda con nostalgia las butacas cómodas del cine Bécquer, o las salas inmensas del Florida, del Regina o del Pathé. Apenas queda ninguno. El único de esos cines con sala inmensa, butacas de madera, palco y lámpara gigantesca colgando del techo es el Cervantes, y cada vez que compro una entrada me pregunto si no será la última vez que podré disfrutar una película en esa sala.
Tal vez habría que conservar alguna sala antigua, aunque sólo fuese una, como un monumento. No soy tan viejo, incluso soy demasiado joven para añorar las cosas que me rodeaban hasta hace muy poco tiempo, pero echo de menos, y no lo puedo evitar, el sabor de las cosas auténticas, de las naranjas que uno arrancaba directamente del árbol, de las manzanas que sabían a manzanas y de los cines que olían a sueños. Parece una broma pesada, pero la vida, igual que los chuletones deshuesados, va perdiendo sabor. No sabía Louis Prima, cuando entonaba aquello de closer to the bone, sweeter is the meat (cuanto más cerca del hueso, más dulce es la carne), hace tantos años, mucho antes de que yo naciera, cuánta razón tenía.
En fin.

© Andrés Pérez Domínguez

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