Sombras y luces

El otro día vi en una revista una fotografía tomada por un satélite, o, para ser exactos, varias fotografías tomadas por algún o algunos satélites que, después de montadas como si de un rompecabezas se tratase, conformaban un mapamundi nocturno, una imposible y hermosa estampa de un instante nocturno al mismo tiempo en todos los lugares de la Tierra.
La imagen no tenía nada que ver con la guerra, ni mucho menos. Seguramente fue montada antes del ataque a las Torres Gemelas pero, allí, en la parte baja de la página, el Mundo a oscuras me mostraba de un plumazo lo que tantos expertos han explicado estos días hasta el hartazgo: que, por desgracia, a pesar de tanta globalización y de tantas palabras nuevas, todo acaba reduciéndose a lo mismo, a una cuestión de países ricos y de otros que malviven en la miseria.
Uno puede pasarse media vida tratando de descifrar enigmas, estudiando libros hasta dejarse las pestañas sin encontrar tal vez la solución al problema, hasta que ésta se le aparece de pronto, como quien encuentra un tesoro sin saber siquiera que lo buscaba. Estas últimas semanas los anaqueles de las librerías empiezan a combarse bajo la avalancha de novedades sobre Afganistán, el Islam o cualquier cosa que tenga algo que ver o se parezca de lejos a Ben Laden, y mucha gente se pregunta si esto no será el resurgir de las Cruzadas —los talibán ya se han autodenominado “hijos de Saladino”; supongo que a Bush sus asesores le habrán advertido de no proclamarse como el sucesor de Ricardo Corazón de León—, la eterna lucha entre moros y cristianos, entre el bien y el mal, entre la civilización con televisor en color y aire acondicionado y el anquilosamiento en las tradiciones de los reaccionarios que llevan turbante.
Como casi todo, no se trata de un conflicto de buenos y malos, de justos contra injustos o de demócratas contra fundamentalistas. No, no es tan sencillo, o quizá es mucho más fácil que todo eso. Los musulmanes más radicales culpan al genocidio que está cometiendo Israel contra el pueblo palestino mientras Estados Unidos y la ONU hacen la vista gorda. Los americanos han puesto todos sus medios para encontrar pruebas que inculpen a Ben Laden en los atentados del once de septiembre en Nueva York, aunque parece que éste ha acabado reconociéndolo tácitamente ante la televisión, en su refugio de las montañas de Afganistán, con la tranquilidad de quien se sabe un mártir, adivirtiendo a Estados Unidos y a sus aliados de que las cosas no acabarán aquí.
Decía Ruyard Kipling que debía todo lo que sabía al cómo, al cuándo, al dónde, al quién, y al porqué. A estas alturas de la película, lo importante tal vez no sea el cómo, puesto que las imágenes de los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas se nos han convertido en una imagen tan cotidiana como las fotografías más antiguas de nuestra casa, del mismo modo que terminaremos saturados de contemplar las tristes escenas de los bombardeos sobre Afganistán; el cuándo, todos sabemos que empezó el once de septiembre de 2001, pero nadie, presumo, se atreve a predecir cuándo terminará esto; el qué, a menos que uno no tenga televisión y no lea los periódicos o se encierre en una burbuja, también resulta bastante claro, y lo mismo pasa con el quién, todos sabemos ya las alineaciones de los dos equipos en liza. Pero nos queda el porqué, y ahí, ay, es donde está la madre del cordero. El porqué siempre es la clave, por qué se produjeron los atentados, por qué era inevitable que ocurriesen, por qué Estados Unidos apoya a Israel y por qué muchos musulmanes odian a Estados Unidos, por qué han de morir tantos inocentes ahora, por qué todo se reduce a una ecuación tan simple, a una lucha de ricos y pobres, del mundo desarrollado contra el mundo subdesarrollado, a una fotografía del planeta a oscuras, donde las luces opulentas de los paises modernos de Europa, América y Asia, contrastan con tantos lugares que permanecen a oscuras —casi toda África y Oriente Medio, por ejemplo—, como una prueba más, tan simple pero tan reveladora, de las enormes diferencias que nos separan.
© Andrés Pérez Domínguez.

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