Qué miedo

Qué miedo

Recuerdo que en la primera de las novelas de Sherlock Holmes, Estudio en escarlata, a John Ferrier, uno de los personajes que se había instalado en una comunidad de mormones, le daban un ultimátum para corregir la conducta de su hija. La joven díscola se había empeñado en casarse con un tal Jefferson Hope, quien al no pertenecer a la comunidad no contaba con la aprobación de Los Cuatro Santos. Para ratificar la amenaza e inocular el miedo en el cuerpo del padre de la chica, alguien deslizaba cada noche una nota donde aparecía el número de días que le restaban para atenerse a razones, esto es, veintinueve, veintiocho, veintisiete, y así hasta el último día. Una mañana se despertaba y encontraba el papel prendido en la colcha con un alfiler, otra vez el techo, otra en la parte exterior de la casa.
Ahora, con la televisión pasa lo mismo. Me viene a la memoria esta novela de Arthur Conan Doyle cuando se anuncian a bombo y platillo los días que quedan para que comience la nueva edición de Gran Hermano. Está uno viendo el telediario mientras almuerza y de pronto, entre las noticias sobre las dudosas inquietudes artísticas de los talibanes afganos y las palabras del presidente del Barça allanando el camino al odio más visceral entre la afición de su club y la del Real Madrid, te insertan un anuncio, con música como de thriller: “Faltan diez días para Gran Hermano”, y me quedo con los garbanzos en la boca, a medio tragar, parpadeo, sacudo la cabeza y por fortuna ya están hablando otra vez de fútbol. Me consuela pensar que habrá sido una alucinación, pero no soy más que un estúpido iluso, porque al día siguiente, la historia se repite, el mismo anuncio pero con un día menos: “Faltan nueve días para Gran Hermano”. Y luego ocho, y siete, y seis... Igualito que en la novela de Sherlock Holmes, pero aquí da mucho más miedo, porque no se trata de ficción, sino de pura y dura realidad. Más de cien mil personas, dice el anuncio, se han presentado como candidatos para participar en el programa. No me lo puedo creer, o sí, porque es una manera fácil y rápida de hacerse famoso. Así que este año más de lo mismo: discusiones entre los concursantes, duchas, escatología, refregones bajo las sábanas, todo en directo, y dentro de tres meses, pues bueno, habrá otra docena personajes que veremos hasta en la sopa —ni aun marchándonos a una isla desierta podríamos obviar el desmesurado interés sobre los participantes del programa—, en las portadas de las revistas o como tertulianos de lujo en espacios emitidos en las horas de máxima audiencia. Pero calma, porque el suspense no termina aquí. Si los resultados del programa son óptimos, y parece que se espera que así lo sean, y mucho, habrá alguna otra cadena de televisión que saque de la chistera otro engendro similar.
Hasta ahora, parece que ninguna otra televisión tiene previsto un programa parecido. Me pregunto si algún directivo de una televisión pública —estatal o autonómica, da lo mismo— se dará cabezazos contra la pared al cotejar los índices de audiencia de El Gran Hermano. No hay que rasgarse las vestiduras por esto, sólo tenemos que pensar que Tómbola, otro “bombazo” de la televisión, sigue manteniéndose en Valencia —canal público, por cierto— como una fortaleza inexpugnable.
Tampoco hay que rasgarse las vestiduras, ya digo, ni levantar la voz o asombrarnos porque los Talibán vayan a poner unos petardos en los Budas milenarios de Bamiyán. Puede que los Budas vuelen por los aires, pero hace pocos días se ha caído un puente romano en Valencia sin que nadie haya levantado la voz para preguntar por qué no se había restaurado a tiempo. En España las catedrales también se caen a pedazos, y no hay más que dar una vuelta por sitios como las ruinas romanas de Itálica para darse cuenta de su abandono, de lo fácil que sería robar o destrozar —como aquel mosaico que desapareció en el 86—, de construcciones antiguas que rebosan de historia abandonadas por desidia o por pereza o porque el dinero público es escaso y se supone que se gasta como es debido, aunque sea en pagar exclusivas a gente cuyo único mérito reside en haber sido novio, amante o primo segundo de alguien.

© Andrés Pérez Domínguez, 2001
Publicado en La Cornisa del Aljarafe


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