El hombre de Atapuerca

La semana pasada fue una de las más calurosas del año, lo normal en la segunda quincena de julio, cuarenta, cuarenta y cinco grados a la sombra. Ni siquiera el aire acondicionado del coche a tope puede consolarlo a uno de la canícula. A las tres de la tarde de un sábado ardiente de julio lo normal es estar en la playa o en la piscina, quien pueda, o buscar una sombra o un bar fresquito: ésa es la razón de que las tardes de verano las calles suelan encontrarse más desiertas que una madrugada de invierno. Por eso me sorprendió el atasco, y el bullicio, y los fotógrafos, y las vallas, y los guardias de seguridad, y los municipales, y los curiosos, todos al sol, a las tres de la tarde del último sábado de julio. Resulta que vivo en el mismo pueblo donde se ha casado Jesulín, y la entrada vetada a los mortales del Hotel Hacienda Benazuza se había convertido en un hormiguero de vecinos y de periodistas ávidos de conseguir la foto o la declaración del famoso de turno.La expectación suscitada por Jesulín y los suyos a las puertas de la Hacienda Benazuza ha ganado por goleada al interés que despiertan —cuando lo despiertan— la gente importante, y con muchos logros en su currículum, que se alojan en este mismo hotel pero pasan desapercibidos. Ni siquiera el Sultán de Brunei o Bo Derek han congregado tanta gente en la entrada. Después de la boda, como si de una estrategia de márketing perfectamente diseñada se tratase, esta semana las televisiones han dedicado horas y horas de máxima audiencia a tertulias en las que a sesudos periodistas del corazón se les ha secado la lengua comentando la boda y, cómo no, las tetas asimétricas que la Jesulina ha enseñado en la portada de Interviú.Como el verano, aparte de un tiempo de baños, de calores insoportables y de bodas de famosos es también una época de lecturas sosegadas, esos días yo andaba devorando El collar del neandertal, de Juan Luis Arsuaga, codirector del Proyecto Atapuerca, un ensayo fascinante sobre la prehistoria, sobre las duras condiciones de vida hace 40.000 años, medio planeta helado y mamuts peludos y tigres dientes de sable paseándose por la Península Ibérica como Pedro por su casa. Vamos, como para no dormir con un ojo abierto y otro cerrado. Y, entretanto, los neandertales, que vivían tan tranquilos en España hasta que llegaron los cromañones, o sea, nosotros, y les jodimos la vida. Es muy enriquecedor conocer que, durante unos pocos miles de años, convivieron en la Tierra dos especies humanas al mismo tiempo, pero lo más inquietante del libro es el enigma de la desaparición de los neandertales: hasta ahora, no se sabe exactamente qué pasó con ellos, cómo y por qué se extinguieron, aunque parece meridianamente claro que eran, como mínimo, tan inteligentes como nosotros, tal vez más. Desde luego, sólo hacía falta darse una vuelta por el hotel donde se casaba Jesulín para saber que al menos, aunque desconozcamos por qué se fueron los neandertales, por qué nos dejaron solos, nos quede el consuelo de estar seguros de que no se perdieron nada.

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