Un apellido maldito


Ya hace algún tiempo que leí la espléndida biografía de Hitler, escrita por Ian Kershaw y publicada ahora en edición de bolsillo por la editorial Quinteto. Dos tomos de más de mil páginas cada uno que hurgan en la personalidad y en el tiempo que rodeó al fanático más desgraciadamente famoso de la historia. Al principio del primer tomo se muestra el árbol genealógico de la familia del dictador nazi: su padre era hijo ilegítimo de una mujer que trabajó durante años para una rica familia judía. Se ha especulado mucho con la posibilidad —más que morbosa, desde luego— de que una cuarta parte de la sangre que corría por las venas de Adolf Hitler fuese la misma clase de sangre que derramaron más de seis millones de inocentes exterminados. Pero, como digo, hasta ahora, no se ha podido demostrar.En el árbol genealógico de la familia Hitler que aparece en el libro de Kershaw observo unos espacios en blanco, en la descendencia de su hermano mayor, unos huecos inquietantes que alguien acaba de rellenar. Un periodista británico ha rastreado la pista de los descendientes de Hitler y como resultado se acaba de publicar un libro en Inglaterra. William Patrick, sobrino del famoso genocida, acabó recalando en Estados Unidos después de haber llevado una vida nómada por Inglaterra y Alemania. El sobrino de Hitler ingresó en el ejército norteamericano durante la II Guerra Mundial y después cambió la “t” de su apellido por una “l”, pasando a llamarse Hiller en lugar de Hitler. Parece ser que luego volvió a cambiarlo, pero David Gardner, el autor del libro, mantiene el secreto por respeto a los que soportan el pesado lastre del apellido maldito.El sobrino de Hitler engendró cuatro hijos varones, cuyas únicas fotos se remiten a sus años de estudiantes en Norteamérica, esas fotos de adolescentes repeinados de los anuarios que hemos visto tantas veces en las películas de Hollywood. No se me ocurre una mayor maldición que la de ser descendiente de Adolf Hitler, sus sobrino nietos quizá siempre alerta, siempre temiendo que el vecino o el amigo se dé cuenta del origen de su familia, o peor, que los fanáticos que siguen adorando y añorando al dictador los busquen sin descanso para convertirlos en objetos de su adoración. Cuenta David Gardner que ninguno de los descendientes de Hitler ha tenido hijos: llegaba un momento en que a las novias había que confesarles la verdad, y entonces resultaba imposible retenerlas. Relata el autor del libro que los hermanos hicieron un pacto de silencio para no tener descendencia y que los genes de Hitler terminasen con ellos. Tal vez esto no sea verdad, quizá hayan mentido al periodista para proteger a sus vástagos, o a lo mejor ha sido el escritor del libro el que ha obviado el asunto para no estropearles más la vida, para no estigmatizarlos más con el recuerdo de algo de lo que no tienen culpa.Y es que a veces es una bendición tener estos dos apellidos tan comunes.

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