El pescador

El pescador ahora tiene tiempo para ver la televisión. Todo el tiempo del mundo. No hace mucho, sólo la veía un rato por la noche, con los párpados recordándole sin miramiento que tenía que madrugar para ir a faenar, igual que esa mañana, igual que todas la mañanas desde que era un muchacho. Pero ahora hace tiempo que no madruga. A su mujer le dice que no se levanta tan temprano porque ya no puede salir a pescar, pero lo cierto es que no lo hace porque el sueño se le ha vuelto escurridizo, se le escapa cada noche entre calada y calada a un cigarrillo, los ojos enrojecidos de cansancio y de rabia, los ojos enrojecidos de impotencia y desesperación.No es un hombre al que le guste peregrinar de bar en bar, como un jubilado prematuro, así que prefiere guardar la rabia de puertas para adentro, la televisión encendida para ver alguna serie divertida, algún programa que le muestre el lado más amable de la vida que a él se le ha puesto de espaldas. Se alegra de que ahora empiece la Liga, y de tener así una excusa para reunirse con los viejos amigos en el bar los sábados por la noche y los domingos por la tarde. El dueño del bar, por prudencia o por respeto, jamás enciende el televisor cuando ponen las noticias. Ya están hartos —el camarero, el pescador y sus compañeros de profesión que también se han tenido que retirar del mar—, de escuchar verdades a medias de gente muy bien trajeada a los que se les llena la boca hablando de Europa, como si sólo con pronunciar las tres sílabas, Eu-ro-pa, acompañadas de una sonrisa hipócrita, se volviese uno moderno de repente, como si uno pudiera, sólo con el sencillo acto de pronunciar la palabra Europa, sacudirse toda la mugre, volverse rubio en un parpadeo, con los ojos azules y todo, como si hubiera nacido en Bruselas en lugar de en Madrid o en Barbate.El pescador no comprende muy bien qué significa ser europeo, pero si hay hombres muy estudiados y muy inteligentes que aseguran que estar en la Unión Europea es lo mejor que nos puede pasar, seguro que tienen razón. Quién es él para disentir, él, que es casi analfabeto. Aunque para sus adentros piensa que es raro que venga un austriaco barbudo a Jaén a probar las tostadas con aceite para luego decir que hay que recortar la producción, o que alguien decida, desde un despacho enmoquetado en Bruselas, la reducción del número de barcos de pesca. El último regalo que Europa ha hecho al pescador de Barbate ha sido requisarle su único medio de subsistencia, la patera gracias a la que la parienta llenaba la cazuela.Ahora el pescador tiene mucho tiempo para ver la televisión, para abrir los ojos como platos al ver las mujeres de bandera que se levantan algunos millonarios que han sido invitados a la boda de la hija del presidente. Es mejor ver los programas del corazón que tragarse las lágrimas pensando que no le van a dejar otro remedio que ponerse a traficar con drogas, porque la cazuela hay que llenarla cada día, y sus chiquillos no van a pasar hambre, por mucho que le pese al comisario europeo de turno. Porque tal vez seamos europeos, pero a él, maldito lo que le importa.

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