Estadísticas en miniatura

Decía Winston Churchill que no hay nada más fácil de falsear que los datos estadísticos. No es que yo piense que el canciller británico no decía la verdad —supongo que tendría razones fundadas para afirmarlo—, pero hoy no voy a hablar de la posibilidad de tergiversar los resultados de las encuestas. Hablar de porcentajes siempre me ha parecido demasiado frío, incluso demasiado racional: decir el 28, el 30, o el 57 coma 9 por ciento, muchas veces sólo aturde o causa dolor de cabeza a quien escuchaYo mismo, leyendo un estudio sobre los adolescentes en España me estaba aburriendo tanto que se me ocurrió otra manera de exponer el asunto. Será que a mí, por ser de letras, los números y los porcentajes me cansan mucho. Así que hoy me gustaría proponer un modo diferente de mirar las estadísticas. No ha sido idea mía, pero al final explicaré por qué lo hago. Mi traducción del estudio realizado, es que, según las estadísticas, si juntamos en una habitación a diez adolescentes de entre 12 y 18 años es que, de estos diez, uno no tiene hermanos, sólo siete se encuentran escolarizados, dos han mantenido relaciones sexuales completas, dos afirman ingerir altas cantidades de alcohol los fines de semana, ocho aceptarían la homosexualidad de un amigo, seis de ellos considerarían excesivo el número de inmigrantes en España y dos, sí, dos de diez han participado en algún acto violento con sus amigos. Sólo tres adolescentes aceptarían la democracia como un sistema insustituible, pero también habría otros tres que darían la bienvenida sin avergonzarse a un sistema autoritario.Entristece —o estremece— saber que sólo siete de los adolescentes a los que hemos juntado en la habitación se encuentran escolarizados, o que dos de cada diez han participado en algún acto violento con sus amigos, que sólo tres de ellos confíen en la democracia. Quizá los adultos deberíamos mirar con un poco más de atención a nuestro alrededor para darnos cuenta de que hay algo que no funciona, de que a lo mejor nosotros, quienes ya no somos adolescentes, tenemos mucha culpa de que las cosas no vayan tan bien como deberían.Pero voy a contar la razón por la que prefiero miniaturizar los datos estadísticos: hace unos meses un amigo me mandó un correo electrónico con un archivo en el que alguien había hecho el ejercicio de reducir los seis mil millones de seres humanos que habitamos la Tierra a una aldea de sólo cien habitantes: este mundo en pequeñito arrojaba un resultado de 57 asiáticos frente a 21 europeos, 52 mujeres frente a 48 hombres, sólo 30 blancos frente a 70 no blancos, 89 heterosexuales frente a 11 homosexuales, 30 cristianos frente a 70 no cristianos. La riqueza de ese pueblo, recuerdo, estaba en manos de sólo seis personas, y las seis eran norteamericanas. En esta aldea de cien habitantes, 80 personas vivían en condiciones infrahumanas, 70 no sabrían leer, 50 sufrirían malnutrición, sólo uno tendría educación universitaria y, también, sólo uno dispondría de ordenador.Ésta es la razón por la que desde entonces, cada vez que me tropiezo con una macrocifra estadística intento cambiar la perspectiva, reducir sus porcentajes a una medida más humana, más cotidiana, y casi nunca, por desgracia, me gusta lo que veo.

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