La ironía

Estoy convencido de que el sentido del humor es un signo inequívoco de inteligencia. Puede haber inteligencia sin sentido del humor, pero encuentro difícil que una persona pueda reírse de sí misma, que las palabras de alguien destilen cierta ironía, incluso un leve sarcasmo, sin tratarse de un ser humano dotado de una inteligencia peculiar. La ironía —incluso el cinismo, que no es más que ironía con un punto más ácido—, son los únicos recursos que nos quedan a menudo para poder explicar —o para poder entender— el mundo que nos circunda.En el Puerto de Santa María se ha celebrado el Décimo Congreso Internacional Luis Goytisolo con una reflexión sobre la ironía. Destacados intelectuales han puesto de manifiesto el poder de un arma tan afilada como inofensiva. Veintiséis comunicantes han hablado sobre la ironía a más de ochenta oyentes de ámbito universitario, a más de ochenta oyentes de facultades como las de Sevilla, Cádiz, Barcelona, Alcalá de Henares, Oviedo y Almería. Estudiantes que han venido incluso desde Canadá, Estados Unidos o Latinoamérica.Me hubiera gustado estar allí, pero tuve que conformarme con leer de un tirón en el periódico el reportaje sobre el congreso donde se estaba debatiendo sobre la ironía. Al terminar, pasé página y el corazón empezó a hacerme cabriolas en el pecho. El diario no sólo dedicaba una página a los escritores que exponían las ventajas del uso del humor fino como instrumento para defenderse de los rigores de la existencia, sino que además ponía un ejemplo práctico. El titular de la página siguiente rezaba: “Amenazar con un hacha sólo es falta si se hace por amor, según un juez”. Para ser sincero, debo reconocer que tardé en darme cuenta de que el reportaje sobre la ironía se había terminado en la página anterior. He de reconocer que ya me había enterado de que a un hombre le habían puesto 60 miserables euros de multa por amenazar con un hacha a su esposa cuando me dije, anda, pero si esta es otra noticia. Pero qué torpe eres, tío. Pero si esto va en serio. Por lo visto hay gente que piensa demasiado y ha malinterpretado el uso del hacha: ¿será que a este marido le gusta pasearse por el salón con el hacha al hombro, cual leñador de un cuento, y su mujer, que se alarma con cualquier tontería, como todas las mujeres, no captó la gracia del asunto?Menos mal que me di cuenta y, durante los tres días que duró el congreso sobre la ironía leí el periódico con cierto apercibimiento para no caer de nuevo en la torpeza de confundir algunas decisiones judiciales con ejemplos puestos por las mentes retorcidas de algunos intelectuales que sucumben, gozosos, a las malas artes del cinismo. Porque esos días, también, un juez ha dictaminado que no ingrese en prisión un individuo que estuvo a punto de matar a su mujer de una paliza hace dos años.Pero qué lástima. Con lo bien encaminados que iban los titulares de por aquí se han tenido que importar desde Estados Unidos las mejores noticias sobre la ironía de algunos jueces. Dos adolescentes de Florida han sido condenados a siete y ocho años de cárcel respectivamente por matar a palos a su padre. Tal vez el juez ha sido benévolo porque al tipo lo mataron mientras dormía, y esos detalles, la verdad, son de agradecer. Pero resulta que en Florida también un juez se ha puesto serio y ha condenado a otro adolescente a diez años de prisión por robar cerveza a una vecina. Hace un par de días leí que a un hombre mayor lo van a echar de su propia casa —su propia casa de la que ha pagado hasta la última peseta— porque su hijo y su nuera, a quienes había acogido bajo su techo, se acaban de divorciar.No entiendo muy bien por qué la Fundación Luis Goytisolo se ha gastado una pasta invitando a veintitantos intelectuales para explicar a los oyentes qué es la ironía, dictándose cada día tantas sentencias judiciales, a un lado y a otro de nuestras fronteras, que merecerían no sólo figurar en un congreso sobre el cinismo, sino también en cualquier Antología del Disparate.

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