El día que yo nací

Siempre he pensado que nacer en un sitio determinado no tiene mérito. Igual que nacer hombre o nacer mujer es una cuestión de suerte, es una cuestión del azar puñetero que determinará grandes parcelas de nuestra existencia. No es lo mismo nacer hombre o mujer en Madrid, en Sevilla, en Cádiz o en Granada, que asomar la cabeza al mundo en Nairobi, en Kabul o en Addis Abeba. La fecha de nacimiento también es una cuestión azarosa, un hecho aleatorio que para nada depende de la voluntad de quien estalla en el primer llanto de su vida. Sin embargo, aunque como digo, no sucedió cuando yo lo elegí, hoy voy a hablaros de mi fecha de nacimiento. Hoy voy a hablaros del día que yo nací.Todos los veranos hojeo el periódico, buscando la efeméride. En algunos sitios aparece el acontecimiento un día después, pero la mayoría de las veces coincide con mi fecha de nacimiento. Hace años me dediqué a investigar el asunto, y sí, efectivamente, descubrí que mis padres siempre me dijeron la verdad: el 20 de julio de 1969, mientras yo me hacía el remolón para abandonar el útero materno, Neil Armstromg ponía el pie en la Luna al tiempo que decía aquello de “Un paso muy pequeño para el hombre. Un gran paso para la Humanidad”.La coincidencia de la llegada del hombre a la Luna con mi fecha de nacimiento —he de confesarlo— me ha marcado. Tengo cientos de revistas, docenas de libros sobre la carrera espacial, y la exploración de la estrellas me parece la próxima frontera —la última frontera— a conquistar. Encuentro las botas ergonómicas de los astronautas tan épicas como las de los conquistadores españoles que se lanzaron a explorar el Nuevo Mundo hace quinientos años, y me da lástima saber que ya no estaré vivo cuando el Hombre pueda viajar por el espacio con la misma facilidad con la que ahora cruza el océano a bordo de un avión. Me da cierta pena saber que jamás conoceré el futuro que dibujó Isaac Asimov en varios de mis libros favoritos, los de la serie Fundación.Pero siempre me quedaba el recurso de haber nacido el día que las botas de Armstrong pisaron la Luna. Al menos me quedaba el recurso hasta hace poco: ahora resulta que hay un porcentaje considerable de ciudadanos norteamericanos que aseguran sentirse excépticos ante la llegada del hombre a la Luna el 20 de julio de 1969. Lo más curioso es que no tienen dudas de que los astronautas hayan visitado nuestro satélite en fechas posteriores, pero lo del 69, como que no. Afirman que todo fue un montaje del gobierno norteamericano y de la NASA para cumplir el plazo que el presidente Kennedy había prometido apenas una década antes. Pues vaya tela. Lo peor no es que sea verdad o mentira. Lo peor no es que lo que cuenta una de mis películas favoritas de ciencia ficción, Capricornio Uno, pueda hasta ser una verdad espeluznante. Lo peor para mí —lo siento, pero no me queda más remedio que reconocerlo— es que a lo mejor resulta que mi fecha de nacimiento es tan vulgar como la de la mayoría de los mortales. En fin, mientras no se demuestre lo contrario, cada vez que leáis sobre la llegada del hombre a la Luna, el 20 de julio de 1969, acordaos de mi cumpleaños.Se aceptan regalos.

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