Mal gusto

Antes las ejecuciones se convertían en un espectáculo público. La gente acudía en masa desde otros puntos de la ciudad —desde otras poblaciones, incluso— al lugar donde fuera a producirse el acontecimiento. En las películas del Oeste se ve claramente a la gente agolpada en torno a la siniestra ele invertida de donde pende la soga que apretará el cuello de un condenado. En España —no han pasado tantos siglos— la muchedumbre se apretujaba en las plazas ante la macabra visión de unos cuerpos ardiendo en la pira de un Auto de Fe.Será porque nos sigue gustando la sangre —sobre todo la sangre que no derramamos nosotros— la razón por la que no podemos impedir taparnos los ojos ante la visión de un acto horrendo, un acto repulsivo, pero muchas veces separamos un poco los dedos que nos cubren la cara, como si no quisiéramos ver pero tampoco pudiéramos evitar el impulso que nos obliga —a pesar de sentir miedo o repulsión— a grabarlo todo en nuestra memoria.Puede que éste haya sido el motivo del éxito de una autopsia en vivo que se ha realizado hace poco en el Reino Unido. La autopsia, la primera que se realiza en público en Gran Bretaña desde hace ciento setenta años ha sido realizada por el alemán Günther von Hagens, delante de trescientos espectadores que pagaron doce libras por ver el acontecimiento en vivo. Acontecimiento que fue retransmitido en directo por una cadena de televisión. El doctor von Hagens ya tiene experiencia en polemizar: es el artífice de muchas exposiciones donde expone cadáveres humanos cuyos fluidos corporales han sido sustituidos por un compuesto que acaba por conservar a los muertos plastificados, secos, inodoros, flexibles, sin piel. El no va más, según se desprende del éxito de las exposición. El arte por helarte —aclaro a los oyentes que el final de la frase es una sóla palabra, helarte, con hache y todo junto, es decir, el arte por helarte—. Para quedarse helados, vamos.En Estados Unidos, también, he sabido que van a poder emitirse por televisión las deliberaciones de un jurado que ha de decidir sobre la ejecución de un preso. Ya puestos, no sería mala idea que esos miembros del jurado que va a decidir sobre la vida o la muerte de una persona—y por qué no, el juez también— fueran obligados a ver Doce hombres sin piedad, esa película maravillosa donde Henry Fonda ha de convencer sobre la inocencia del acusado a cada uno de los otros once miembros del jurado del que forma parte.Yo, que suelo quejarme de la baja calidad de la mayoría de los programas de televisión que vemos en España he de reconocer que aquí, todavía, no vamos tan mal. De momento parece que a nadie se la ha ocurrido retransmitir una autopsia o la deliberación de un jurado en directo en España. Espero que no pase nunca. Espero que no llegue el día que tengamos que decir aquello de “Virgencita mía, por lo menos como estaba” y tengamos que pedir a gritos que vuelva Enrique del Pozo, que no nos quiten a Belén Esteban, que nadie nos toque a Camen Janeiro, ni a Lecquio, ni a Matamoros.

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