Navidad

La semana que viene empieza la Navidad. Aunque, para ser sincero, si he de atender a los recuerdos que tengo de cuando iba al colegio, la Navidad empezará el domingo, el día 22 de diciembre, cuando los niños de San Ildefonso empiecen la letanía de cada año, bien temprano, y miles de personas sostengan un décimo de Lotería entre los dedos con la ilusión legítima de pensar que tal vez este año pueda ser por fin que compremos un coche, que cambiemos las cañerías, que podamos dar la entrada del piso o, simplemente, alegrar la cena de Nochebuena con un buen jamón de Pata Negra.La Navidad ya no es como antes. La Navidad ya no empieza el 22 de diciembre, con los cánticos de San Ildefonso y la mesa camilla con la botella de anís y los mantecados. La Navidad tampoco termina con la vuelta al colegio, siempre con menos días de los necesarios para disfrutar de los juguetes. La semana pasada hablé aquí de los calendarios, y hoy voy a contar que los calendarios ya no son tampoco lo que eran. Bueno, sí, tienen doce meses y los domingos y los días de fiesta se marcan en rojo, pero poco más. Ahora los años no empiezan en enero, si-no en septiembre, con la vuelta de las vacaciones, con la nueva programación de las televisiones, la nueva programación de las cadenas de Radio, la compra de los libros y los uniformes para los niños, el comienzo de las clases, la despedida del verano, siempre demasiado corto.
Con la Navidad ha pasado lo mismo. Los meses siguen llamándose igual en el calendario, pero la Navidad cada vez empieza antes. Desde mediados de octubre cuelgan adornos en muchos grandes almacenes. Todavía vamos al supermercado en pantalón corto cuando las estanterías se abarrotan de mantecados, de bombones, de turrón, de peladillas, de mazapanes. Será porque el consumo nos hace vivir en una Navidad prolongada la razón por la que cada vez encuentro menor la diferencia entre las calles en octubre, en noviembre o en diciembre. Pero también, como decía antes, lo peor no es que la Navidad empiece a destiempo, sino que también nos la arrebatan de un tajo, cuando mejor estábamos, cuando nos habíamos acostumbrado a ser buenos, a comer turrón y a visitar a la familia. Ya no se acaban las fiestas con la vuelta al colegio, como cuando yo era un niño. No. Ahora las Navidades terminan con la llegada de las rebajas. Todavía no le ha dado tiempo a uno de disfrutar del roscón de Reyes y te despiertas el día siete con los carteles publicitarios cambiados, de repente, como si en lugar de haber dormido una noche te hubieses quedado hibernando una semana. Pones el telediario a las tres y ves a las mismas de siempre esperando con las garras afiladas y la cara pegada al cristal de la puerta de El Corte Inglés, y las ves correr dispuestas a hacerse con la ganga de este año. Las ves correr como si les fuera en el sprint la vida o las tierras de la Carrera de Oklahoma. Ves a la gente correr en las rebajas y piensas que todo es un engaño. Piensas que la Navidad debería empezar como siempre empezó, el día de la Lotería. Piensas que la Navidad debería terminar el día que los niños vuelven a colegio. Te preguntas si te estás haciendo viejo, si te estás convirtiendo en un cascarrabias. Piensas y te pones triste en Navidad, porque sabes que las cosas nunca volverán a ser como antes.

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