La carpa parlante


No sé si por culpa del cambio de estación, si por culpa de esta primavera que estrenamos la semana pasada con guerra incluida, mis artículos semanales en este programa se estaban volviendo un poco más oscuros, un poco más tristes que de costumbre. Así que para el artículo de hoy, con el propósito firme de no arrancar un triste bostezo de las caras de Óscar y Fernando, con la intención sincera de que quienes me aguantáis cada miércoles no apaguéis la radio cuando el presentador del programa anuncie mi nombre, me había puesto a dar vueltas a la cabeza después de jurarme a mí mismo que no me levantaría de mi asiento hasta encontrar algo más ligero para contaros, una noticia que al menos arrancase una sonrisa de quienes me estáis escuchando ahora mismo.
El caso es que, si uno busca, a poco que profundice conseguirá separar el grano de la paja entre tantas noticias sobre la guerra, entre tantas firmas importantes que se devanan las entendederas para hacernos ver quién tiene la culpa de todo este despropósito, si Sadam, Bush o nuestro presidente José María Aznar. Llevamos tanto tiempo hablando de la guerra, no recuerdo cuántos meses, mucho antes de que todo empezara que -y lamento decirlo desde el micrófono de un medio de comunicación- estamos saturados de información. Es ésa la razón por la que ya no me fijo en las estadísticas, ni en la capacidad de los misiles, ni en el poderío de los F14 norteamericanos. No me fijo en esas cosas, sino en noticias como la que apareció la semana pasada sobre una carpa parlante. Sí, como lo estáis oyendo: un pez que habla. Por lo visto, la carpa se puso a dar gritos, como una loca, en el mostrador de una pescadería de Nueva York, sin importarle que el empleado ecuatoriano la amenazase con cortarla en suculentas rodajas si no se callaba inmediatamente. Pero el pez ni caso. Tal vez porque era una carpa culta, quizá porque era una carpa políglota, no había nadie que pudiera comprender lo que decía el pobre animalillo. Tzaruch shemirah, Hasof bah. Tzaruch shemirah, Hasof bah. Menos mal que el dueño de la pescadería, un judío ultraortodoxo, se encontraba en el establecimiento y tradujo la letanía de dichoso pescadito: “hay que prepararse porque el fin del mundo está cercano” quería decir el animal. El pez, me refiero. El dueño de la pescadería, además, identificó al pescado con un judío muerto y, temblando de miedo, intentó asestar un tajo mortal a la carpa parlante, pero se cortó en un dedo y hubo de ser trasladado al hospital. Al final, el empleado ecuatoriano pudo acabar con el pescado que, a esas alturas del día y después de tantos gritos ya debería estar empezando a oler mal. Por lo visto se vendió y me he quedado con las ganas de enterarme de si el espíritu del judío muerto volvió a manifestare a gritos en la mesa, durante la cena de una familia neoyorquina.
Estas cosas nos trae la guerra: que nos cambia el menú. Antes uno podía visitar Estados Unidos y acompañar una buena hamburguesa de un plato repleto de crujientes french fries, esto es, patatas fritas, que allí se llaman ¾bueno, se llamaban hasta el otro día¾ patatas francesas. Ya no, ahora se van a llamar freedom fries, más o menos las fritas de la libertad. La tostada con mantequilla se llama ¾bueno, se llamaba también¾ french toast, en cristiano, tostada francesa. Ahora no, ahora, por obra y gracia de la guerra y de la indiferencia de los gabachos por los asuntos militares de los norteamericanos, se va a llamar, tachán, Tostada de la Libertad. Toma ya. Con un par. Después de que un pescado se pusiera a dar gritos anunciando el fin del mundo, miedo me da pensar cómo llamarán a partir de ahora en Estados Unidos a la carpa al horno.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2003

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