Maestros



Una vez conocí a un profesor al que le gustaba que le llamaran maestro, maestro de escuela. Lo decía con orgullo, la boca parecía llenársele de satisfacción al pronunciar las tres sílabas que definían su profesión, que daban sentido a su vida tal vez. Sin embargo, otras veces he escuchado a ciertos cantamañanas referirse con desprecio a los profesores llamándolos maestros de escuela. Es lo que tiene la ignorancia de algunos: les lleva mirar por encima del hombro a quienes no entienden, a reírse de aquellos a quienes no comprenden. A poco que uno escarbe en la memoria encontrará el recuerdo de un profesor que le iluminó el camino. Cualquiera, incluso esos ignorantes que alguna vez se ríen de ellos, le debe a un profesor, a un maestro, a lo mejor sin saberlo, algo que vale la pena. Parece que la profesión de maestro ha provocado muchas veces para quien no la ha ejercido cierta extrañeza, miedo tal vez. Miedo al que sabe. Los maestros —la mejor generación de docentes que había tenido España hasta ese momento— fueron los funcionarios más represaliados en la Guerra Civil: por haber inyectado en los niños el veneno de las ideas democráticas, para que no contaminaran a las nuevas generaciones, para aplicar un castigo ejemplar a los intelectuales. Pero ahora, muchas veces, demasiadas, me cuentan que un profesor ha sido insultado o amenazado o golpeado por un alumno, o por el padre o incluso la madre de un alumno que ha pasado de curso a pesar de llevar seis suspensos en la mochila; un alumno a quien ni siquiera puede reprender por usar el teléfono móvil o por estar dormido durante la clase. Parece que en todas las épocas, por alguna u otra razón, ser maestro es una profesión de riesgo.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2003

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