La universidad de Glamorgan


Hasta hace no mucho —bueno, para ser sincero, todavía también sucede— confesarse lector de novelas de Ciencia Ficción ante un interlocutor que gastase ínfulas intelectuales provocaba poco menos que una sonrisa condescendiente o el ninguneo más absoluto. Será porque he conocido —y por desgracia todavía me sigo encontrando— a mucha gente que se barniza de culta, a mucha gente cuyo denominador común es despreciar todo lo que tiene que ver con los libros entretenidos, los libros con los que uno se lo pasa bien, y eso incluye, por supuesto, arrugar la nariz cuando se menciona el nombre de algún escritor que malgasta su vida inventándose novelas que para colmo se venden. Se venden, añaden los dueños del fino paladar de la Literatura, porque hay millones de lectores como yo —como cualquiera de vosotros— que las compran. Lectores torpes que las compran y que —lo que más les sorprenden— además, las leen.
Yo descubrí a Isaac Asimov cuando era un adolescente. Gracias a este escritor norteamericano de origen ruso y su saga Fundación recuerdo haber pasado muchas de mis horas más felices como lector cuando tenía 16, 17 años. Los aficionados al género conocerán la historia del Imperio Galáctico que se derrumbaba, a Hari Seldon y a la psicohistoria, al Mulo y a Dors Venabili, los planetas Trántor, Términus, Helicon. Son tantos nombres, y no se trata aquí de recitar la lista, pero sí añadiré, para aquellos oyentes que no consideren las novelas de Ciencia Ficción como un pasatiempo infantil, para aquellos a quienes pueda interesar, que la trilogía compuesta por Fundación, Fundación e Imperio y Segunda Fundación, se adjudicó en 1966 el premio Hugo —el galardón más prestigioso de la Literatura de Ciencia Ficción— a la mejor serie del género de todos los tiempos. Si esto parece poco, puedo concluir diciendo que una de la serie de libros que quedaron en la estacada aquel año fueron los tres volúmenes de la hoy archifamosa El señor de los anillos.
Cuento todo esto porque hace menos de un año se graduaron en Glarmorgan, Gran Bretaña, los primeros licenciados en una nueva carrera universitaria que relaciona los estudios de ciencia con los de ciencia ficción. En la carrera, por lo visto con un gran futuro, se imparten módulos que avanzan en paralelo entre la rama científica y la imaginación literaria, a saber: Estrellas, Ciencia y bombas con Futúros utópicos y distópicos; Espacio, tiempo y Big Bang con Exploración espacial y del tiempo y Vida extraterrestre. Los licenciados de Glamorgan son objeto de deseo de la NASA y, además, la Agencia Espacial Estadounidense ha contratado a conocidos autores de Ciencia Ficción como Gregory Benford para que aporten ideas innovadoras.
Desgraciadamente, a quienes nos gustan las novelas de Ciencia Ficción, tendremos todavía que seguir padeciendo el ninguneo de los que de verdad entienden de libros, pero a todos nos alegra saber que mucha gente se está empezando a tomar en serio el género. Ya no resulta tan descabellada la idea de la computadora siniestra Hal 9000, con los cables cruzados, dispuesta a estropear la misión del astronauta David Bowman en la sin par 2001, de Arthur C. Clarke, o el Imperio Galáctico de la serie Fundación de Asimov, ese futuro donde la humanidad se ha extendido por toda la galaxia, un futuro donde se habla de una vieja leyenda, de un planeta solitario donde se originó la vida, un planeta que el hombre abandonó en los albores del tiempo, un mito para muchos, un planeta cuyo nombre ni siquiera los más viejos recuerdan.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2003

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