Un día con Marilyn


Peter Mangone tiene 63 años y ha recuperado el amor de su vida. La última y la única vez que la vio —que la vio en vivo, porque la ha visto muchas veces en el cine, en televisión, en los millones de pósters de ella que se venden cada año— era un chaval de 14 años y ella una espléndida mujer que, a sus 29 abriles, cosía en el hotel Gladstone de Nueva York las heridas de su divorcio con el jugador de béisbol Joe Di Maggio y de la cancelación de su contrato con Century Fox.
En la fría primavera neoyorkina de 1955 Peter hizo novillos durante días, faltaba a clase apostado en la calle 52, frente al hotel Gladstone, con la ilusión de ver a la mujer que, a sus 14 años, le parecía la más hermosa del mundo, a la misma mujer que hoy, a sus 63 años, le sigue pareciendo la mujer más hermosa del mundo, igual que se lo parece a millones de hombres, igual que se lo ha parecido a millones de hombres durante generaciones. En la primavera de 1955, Peter pasó un día entero con Marilyn Monroe. Ese día, el chaval del Bronx de 14 años le había cogido prestada la cámara Kodak a su hermano y acababa de llegar para montar guardia, como buen mitómano, como cada día, a la puerta del hotel donde se alojaba la actriz con la esperanza vana pero irrefrenable de un adolescente obsesionado con grabar una imagen suya. Y Marilyn salió. En el mismo momento que Peter llegaba al hotel, Marilyn apareció por las puertas, como un ángel rubio, envuelta en un abrigo de pieles, dispuesta a olvidarse de Joe Di Maggio y de su contrato fallido con la Fox en una jornada de compras. Pero algunas veces la vida tiene esas cosas tan raras que provocan que hasta el más pesimista asienta con desgana y diga que sí, que merece la pena vivirla. Porque esa mañana, Marilyn Monroe, con su melena rubia oxigenada, su lunar en la mejilla y su abrigo de pieles, no subió a un taxi sin mirar a nadie o comenzó su paseo mirando el suelo, como suelen hacerlo ciertos famosos para no encontrarse con los ojos de sus admiradores que los observan. Esa mañana Dios —o el Diablo— puso la mano sobre el hombro de Peter en forma de sonrisa de la mujer más deseada del mundo. Esa mañana de 1955, Marilyn Monroe miró al chaval de 14 años que la esperaba en la puerta del hotel, con la cámara Kodak que le había pedido prestada a su hermano bailándole entre los dedos que le temblaban por culpa del frío y de la emoción, se paró frente a él, le sonrió, le guiñó un ojo y le pidió que la acompañase.
Peter pasó todo el día con la actriz. Cámara en mano la inmortalizó paseando por las calles de Nueva York, pisando la rejilla del metro igual que lo había hecho ese mismo año en La tentación vive arriba. Después de la jornada de compras revelaron la película y pasaron la tarde juntos viéndola en la casa de él. Luego nunca volvieron a verse. Él perdió la película tres años más tarde, haciendo limpieza en su cuarto; ella murió de sobredosis de pastillas en 1962, y el mundo se volvió un poco más triste. Pero ahora, casi 50 años después de que pasaran aquel día juntos, el hermano de Peter ha encontrado la vieja película entre las pertenencias de su padre. A pesar del paso del tiempo la ha encontrado intacta, guardada en una caja de cartón y tal vez Peter, que desde que conoció a la tentación rubia jamás ha podido mirar igual a ninguna otra mujer, al visionar las imágenes, vuelva a sentirse de nuevo como el chaval de 14 años que era cuando Marilyn y él pasaron aquel día juntos, cuando todavía no sabía que faltaba muy poco para que su película se perdiera durante cuatro décadas, cuando faltaba muy poco para que todos, incluso los que no habíamos nacido, la perdiéramos a ella para siempre.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2003

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