Manolo el del bombo

 Esta tarde empieza el mundial, Cristóbal, y los españoles, aunque tengamos la mala costumbre de estar tirándonos siempre los trastos a la cabeza parece que por fin estamos todos de acuerdo: casi nadie confía en que los nuestros vayan a resolver la fase final del campeonato del mundo con dignidad. Aunque lo bueno que tiene la costumbre de nuestros jugadores de hacer las maletas antes de tiempo es que, después de dos o tres mundiales la ilusión termina por desaparecer y lo único que te queda es cierto escepticismo guasón cuando escuchas a los periodistas deportivos decir que esta vez, que esta vez vamos a pasar de cuartos de final. Sin embargo yo, como casi todo el mundo, albergo alguna esperanza de que la selección haga algo grande, aunque no me atreva a decirlo en voz alta, y como Zapatero el otro día, procuro no mojarme en público.
Desde que mi memoria alcanza, Cristóbal, cada vez que veo un partido de la selección he visto a un tipo que da cachiporrazos a un tambor, un hombre incombustible al desaliento que parece multiplicarse por los campos, como si tuviera el don de la ubicuidad, y que se me antoja ya un patrimonio de la selección, como las botas, las medias, el calzón azul o la camiseta roja. Hasta el otro día lo único que sabía era que se llamaba Manolo, Manolo el del bombo, y lo cierto es que estaba acostumbrado a verlo en los estadios con su energía indestructible para animar a la selección y me pare-cía tan natural que estuviese ahí, animando la grada, que nunca me había parado a pensar mucho en él. Y el caso es que un tipo así debía de tener algo interesante que contar. Es lo que te pasa cuando te dedicas a jugar a imaginemos, Cristóbal, que enseguida te pones a buscar una historia detrás del abismo que prologa el fondo de los ojos de los hombres. Y, la historia de Manolo, como la de todos, Cristóbal, tiene sus luces y sus sombras, pero sobre todo tiene esa parte imposible o enigmática que hace que una persona se convierta en un personaje. Me enteré por casualidad, zapeando distraída-mente con el mando de la tele. Contaba Manolo el del bombo a una cámara el otro día que por culpa de su pasión por la selección se había arruinado varias veces, que había viajado por todo el mundo detrás del equipo, y que una vez, al regresar de uno de esos viajes, se encontró con que su mujer y sus hijos, seguro que hartos de tanto trajín, habían hecho las maletas y se habían largado. Lo contaba Manolo el del bombo el otro día, Cristóbal, y le brillaban los ojos, pero estoy convencido de que a pesar de todo, lo único que le sigue haciendo feliz es colgarse el tambor en un estadio cualquiera, encasquetarse la chapela y animar a la selección. Yo también tengo mis pasiones, Cristóbal, igual que tú, igual que las tiene la gente que nos está escuchando, pero no sé cuánto estaría dispuesto a sacrificar para ir en pos de un sueño. Y estoy convencido de que el sueño de Manolo el del bombo, Cristóbal, al cabo, es el que tenemos todos: ver a Raúl levantar la Copa del Mundo. Aunque sólo sea por Manolo el del bombo, Cristóbal, por todo lo que este hombre se ha dejado en el camino, me gustaría que este Mundial sea, de una vez por todas, el mundial de España.

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2006



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