400 palabras

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Lo llevo claro, parece. Clarinete. Por raro que parezca con tanta gente pontificando en Instagram, escribir es algo más complicado que colgar una tontería resultona en las redes sociales, una frase o dos debajo de una foto para que los seguidores le den al corazoncito. También se puede hacer, faltaría más —y se hace, y lo hago— y algunas veces hasta tiene su gracia, pero ya digo, escribir es otra cosa. Al menos para un servidor. A mí me gusta dar vueltas, acercarme en círculos, rodear lo que quiero contar, aproximarme un poco, retirarme después, amagar sin golpear, volver por otro lado y, cuando ya parece que me he olvidado de a dónde quería llegar, intentar clavar el aguijón, como un escorpión astuto, en el corazón del lector. A veces lo consigo, a veces no. Algún día, quién sabe, el escorpión acabará picándose a sí mismo, qué le vamos a hacer. Miradlo por el lado bueno: así os libraréis de mí. Suelo evitar los caminos rectos cuando escribo. Prefiero los rodeos y estos necesitan espac...

La cura contra la vanidad

Yo no sé si será por la lluvia, querido Cristóbal, pero a lo mejor es por eso por lo que unas veces me pongo melancólico y otras veces, cuando parpadeo por culpa de las gotas que se me cuelan en los ojos, siento que de repente me he dado cuenta de algo en lo que no había pensado antes. Y el caso es que, como ahora tengo la oportunidad de contarlo, a ti y a los oyentes, he decidido hoy reflexionar un poco, si me dejas, sobre esto.
Se trata de la vanidad, Cristóbal, ese engolamiento que me molesta tanto y que casi todos padecemos. Un mal más que habitual en el gremio de los escritores, los que nos dedicamos a juntar letras con la esperanza o sin ella de que los lectores nos dediquen un poco de su precioso tiempo. Estoy convencido, y lo sé por experiencia también, querido amigo, que la vanidad no sólo es un mal endémico de los escritores, si-no, como te digo, también es la rémora de muchas profesiones, porque, al cabo, la vanidad tiene más que ver con la personalidad que con el trabajo que hace uno. Pero el otro día, bajo la lluvia, me paseaba por la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, querido amigo, en la plaza de San Francisco, a un paso del paisaje lunar en que se ha convertido la plaza Nueva y la avenida de la Constitución, y me paraba en las casetas para hojear los libros de saldo. Ejemplares antiguos y no tan antiguos que se venden baratos, libros dedicados por alguien que los regaló y cuyo destinatario no valoró lo suficiente, libros que no han encontrado su camino esperado y deseado en el circuito comercial y han terminado vendiéndose al peso, libros en los que cada escritor ha puesto el alma y han terminado devorados por el aburrimiento o la desidia de los lectores. ¿Pero sabes qué te digo, Cristóbal? Todos los escritores deberíamos darnos de vez en cuando una vuelta por las ferias de libros de saldo, asomarnos a los cajones donde se amontonan los libros olvidados en los grandes almacenes. Meter las manos en un cajón donde los libros esperan a ser reciclados o pasar el dedo despacio, con miedo incluso, por el lomo de los libros colocados en el mostrador de una feria de libros usa-dos buscando un ejemplar escrito por ti, Cristóbal, es la mejor prueba de que, al cabo, nuestro último destino quizá sea el olvido, es la mejor cura que existe querido amigo, contra la vanidad que padecemos los escritores.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2006


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