Los nuevos conquistadores

Fíjate, Cristóbal, cómo pasa el tiempo. Así, a lo tonto, han pasa-do catorce años desde que terminó la Expo, y, si nos remontamos algo más atrás, otros cinco siglos desde que las botas de Cristóbal Colón dejaran sus huellas en una playa del Caribe y el mundo ya no pudiera ser nunca más igual que antes. El otro día vi una calabera atracada en Sevilla, un barquito que parece tan rudimentario y tan frágil que uno no puede dejar de imaginar cómo debería de ser atravesar el océano en uno de ellos, igual que un marinero del siglo XV, pasando las noches al raso en cubierta, sin poder conciliar el sueño tal vez porque no está seguro de que no sean ciertas esas historias que hablan de monstruos marinos gigantescos que salen de las profundidades o de que al final del trayecto, justo donde se pone el sol, hay una catarata enorme por la que se despeñan los barcos que se atreven a desafiar las leyes de la naturaleza y se dirigen al fin del mundo.
Pero si abro el periódico o enciendo la tele, Cristóbal, resulta que algunos cayucos que hoy cruzan el mar para buscar el nuevo mundo en Europa no son mucho más pequeños que esta calabera que vi el otro día, y la mirada desesperada de la gente que se hacina en cubierta no debe de ser muy distinta de los ojos alucinados de los marineros desaharrapados que se buscaban la vida entonces, por las bravas, gente a la que no les importaba dejar atrás un mundo, el suyo, donde la única esperanza era el hambre y la miseria. Tal vez sea ley de vida, querido amigo, y al final a uno no lo queda remedio buscarse la vida más que donde pueda si en el horizonte de su tierra sólo pintan negros nubarrones. Quizá los que arriesgan la vida en los cayucos o se embarcan en un avión rumbo a España desde Suramérica sólo con lo puesto no sean muy diferentes a los hombres valientes que se colgaban una espada al cinto y se buscaban la vida en el nuevo mundo hace quinientos años. Y tal vez lo que más nos molesta es eso, Cristóbal, que nos recuerden que, al cabo, no somos tan diferentes.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2006


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