Mantecados en octubre

No no me lo creía hasta el otro día Cristóbal, de verdad. Ahora es más fácil porque esta semana ha empezado a llover y han bajado las temperaturas, pero hasta el fin de semana pasado pensé: ¿mira que si este año los grandes almacenes se han olvidado y nos van a dar una tregua, sólo una poquita, hasta que de verdad lo marque el calendario? Pero era una ilusión en vano, querido amigo. Hace pocos días, cuando hacía tanto calor que todavía apetecía ir a la playa para darse un chapuzón y tomar el sol, de pronto, en una tienda, me encuentro con los mantecados y los adornos navideños, así como quien no quiere la cosa, a mediados de octubre, con la señal del bañador todavía marcándome los muslos y el ceño fruncido porque el reloj interno que tengo se me rebela y me pregunta que de qué va todo esto, los mantecados y los mazapanes, con tanto calor, si todavía lo que a uno le apetece es un buen gazpacho.
Y te juro que siempre me coge por sorpresa, ahora y dentro de unos meses, cuando todavía tengamos los abrigos puestos y los anuncios del Corte Inglés nos digan que ya es primavera, que quien tenga frío a primeros de marzo es un pusilánime, y luego nos traerán a Meg Ryan, a George Clooney o a quien haga falta para convencernos del todo. Así que mucho protestar contra el cambio climático y todo eso, que si la capa de ozono y la sequía, los incendios y las inundaciones, pero al final los que marcan los cambios de las estaciones, querido amigo, son los grandes almacenes. En un pestañeo estaremos en Navidad, y me apuesto lo que quieras a que escucharemos villancicos en más de una tienda antes de diciembre; y en menos tiempo todavía, fíjate, las rebajas nos dirán sin miramiento, como una bofetada, que se ha acabado lo bueno. A lo mejor es que me estoy haciendo viejo, Cristóbal, pero a mí me gustaba más cuando la Navidad empezaba el día que me daban las vacaciones en el colegio, casi siempre el mismo día en que se sorteaba la Lotería; me gustaba más cuando la primavera la anunciaban el calor agradable del sol y las flores del campo y no la tele, y cuando en octubre las tiendas no emprendían una carrera para poner los adornos de Navidad y vender mantecados cuando todavía uno tiene demasiado cerca el recuerdo del caluroso verano.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2006


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