Manos
Recuerdo que hace tiempo una mujer me contaba con admiración no fingida cómo eran las manos de su ex: enormes, como las de un gigante; duras, salpicadas de callos por trabajar en el campo. A ella le encantaban. Cuando llegaba con una herida le decía: “Niña, ponme crema ahí”, y por la forma en la que le brillaban los ojos cuando me lo dijo estaba claro que eso, ay, la ponía como una moto. No recuerdo qué hice con las manos mientras me lo contaba. O igual sí lo recuerdo pero prefiero reservármelo. Las mías son más suaves, de juntaletras que trajina muchas horas con papeles, con manchas de tinta que tardan más en quitarse que la grasa de los mecánicos; el recuerdo en una yema del colmillo de un cachorro cuando yo era un crío y un hueco en una falange fabricado de tanto apoyar la pluma. Ahora tengo un dedo vendado. Hace unos días me corté con una copa rota y, como la herida se empeña en abrirse y acabo manchando lo que no debo, he terminado por vendarlo. Al hacerlo me he acordado de aquell...