Sánchez Gordillo
El alcalde de Marinaleda
siempre me ha caído simpático. Comparta o no su manera de pensar o la forma en
la que a veces enfrenta las dificultades, siempre me ha parecido que en su
pueblo ha conseguido mantener un nivel de bienestar para sus vecinos gracias a
un sistema marxista inexportable a otros ámbitos mayores. Escribo estas líneas
mientras veo a Sánchez Gordillo en el telediario al frente de un puñado de
hombres que asaltan un supermercado. Uno de ellos empuja de mala manera a una empleada
del Mercadona que se resiste a que se lleven los carros. No puedo estar de
acuerdo con lo que ha pasado. Supongo que muy poca gente lo estará cuando lo
que se trata es de robar, aunque sea con la excusa de protestar o llamar la
atención.
Pero sí hay, a mi juicio, una
reflexión interesante sobre lo sucedido, y me da que, al cabo, lo que pretende
Sánchez Gordillo no sea más que eso. ¿Qué pasará cuando la gente tenga hambre
de verdad, cuando no pueda pagar la hipoteca ni comprar papillas para los niños,
cuando los que están buscando trabajo se den cuenta de que no lo van a
encontrar durante mucho tiempo, tal vez nunca? ¿Se quedarán sentados en su casa
esperando una solución imposible? ¿Seguirán creyendo en las promesas de los
políticos que nos quieren convencer de que con tantos recortes los que mandan
en Europa nos pasarán finalmente la mano por el lomo y nos darán una limosna?
Insisto, y no está de más hacerlo en un asunto tan delicado como éste, porque
los demagogos están agazapados con un cuchillo entre los dientes. ¿Qué va a
pasar cuando el asalto a un supermercado, a un banco o una embajada no sea una
protesta burda por parte de unos cuantos iluminados? ¿Qué pasará cuando la
gente pierda la esperanza?
© Andrés Pérez
Domínguez, agosto de 2012


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