Aterrizando
Uno no cae en la cuenta del
tiempo que lleva sin hacer algo que le gusta o quizá necesita pero lo ha
aparcado inconscientemente hasta que se pone a ello. El viernes, por primera vez en
casi tres meses, me siento delante de la tele para ver una película completa,
sin prisas por hacer otra cosa, por colocar la ropa en una maleta, contestar a
una llamada o a un mensaje urgente o comprobar otra vez los billetes del tren o del avión para no encontrar una sorpresa desagradable de última hora. No he
parado durante la semana. Dos encuentros con lectores y una pequeña obra en
casa que tenía prevista, con lo que la sensación de paz del viernes por la
noche resulta doblemente placentera. Qué paradójico, qué raro aprovechar más el
tiempo cuando tienes muchas tareas pendientes o la perspectiva de una cita
inexcusable en el horizonte. El lunes es Nochebuena, pero el sábado tengo una
cena con unos amigos. Gente con la que la llevo un montón de años entrenando y
que, de alguna manera, se han convertido en una suerte de familia. El mismo
chino de siempre. Las mismas risas. Los mismos abrazos. No acostumbro a
trasnochar pero el sábado vuelvo a casa muy tarde y muy contento.
Aunque da la sensación de que
la gente entra en las tiendas más por costumbre o por aburrimiento que para
gastar dinero, el domingo está casi todo abierto y aprovecho también para unas
compras de última hora en unos grandes almacenes. Salgo del supermercado con
unas bolsas y me entretengo unos minutos en la librería. Me alegra ver que, a
pesar de la que está cayendo, hay gente que hace cola pacientemente en las
cajas. En noviembre pasé una tarde y una mañana entera firmando ejemplares en
Madrid para la campaña de Navidad de El corte inglés, y ahora un cartelón dice
“ejemplares firmados por el autor”, y ahí estoy, en un mural retratado junto a
otros escritores, en una pose congelada por la fotógrafo de La Razón que llegó
a las oficinas de Random House cuando acababa de terminar de firmar. Es
divertido que a los escritores nos reconozca muy poca gente. La mejor fama que
se me ocurre es aquella que te permite conservar el anonimato.
Miro a la mesa donde el otro día había una pila de ejemplares dedicados de El silencio de tu nombre y veo que no queda ninguno, pero no sé si alegrarme porque se hayan vendido todos, lamentarme porque aún no los hayan repuesto con las Navidades a punto de empezar o preocuparme porque los hayan retirado antes de tiempo. Aún no he visto ninguno de mis libros cuando un hombre y la que supongo que es su hija se colocan a mi lado. Me aparto un poco. Los veo mirar unos segundos, buscando algo. La niña (once, doce años, creo que no muchos más) se agacha y descubre en la parte inferior de la mesa cuatro ejemplares de mi última novela. Los coge con mucho cuidado y los coloca en la parte superior, bien visibles, uno de ellos de pie, para que destaque sobre todos los demás. Me alejo un poco más, por si reconocen al escritor que está junto a ellos con una bolsa del supermercado. El padre coge un ejemplar de El silencio de tu nombre, se lo coloca bajo el brazo y se van los dos a la caja. Una parte de mí me dice que me acerque y les pregunte si quieren que les personalice la dedicatoria, pero otra parte de mí, la más precavida o quizá la más vulnerable, me mantiene los pies clavados en el suelo porque estoy convencido de que un escritor jamás debe poner en un compromiso a un lector.
Miro a la mesa donde el otro día había una pila de ejemplares dedicados de El silencio de tu nombre y veo que no queda ninguno, pero no sé si alegrarme porque se hayan vendido todos, lamentarme porque aún no los hayan repuesto con las Navidades a punto de empezar o preocuparme porque los hayan retirado antes de tiempo. Aún no he visto ninguno de mis libros cuando un hombre y la que supongo que es su hija se colocan a mi lado. Me aparto un poco. Los veo mirar unos segundos, buscando algo. La niña (once, doce años, creo que no muchos más) se agacha y descubre en la parte inferior de la mesa cuatro ejemplares de mi última novela. Los coge con mucho cuidado y los coloca en la parte superior, bien visibles, uno de ellos de pie, para que destaque sobre todos los demás. Me alejo un poco más, por si reconocen al escritor que está junto a ellos con una bolsa del supermercado. El padre coge un ejemplar de El silencio de tu nombre, se lo coloca bajo el brazo y se van los dos a la caja. Una parte de mí me dice que me acerque y les pregunte si quieren que les personalice la dedicatoria, pero otra parte de mí, la más precavida o quizá la más vulnerable, me mantiene los pies clavados en el suelo porque estoy convencido de que un escritor jamás debe poner en un compromiso a un lector.
No es la primera vez
que veo a alguien comprar una novela mía en una librería mientras juego a ser
el hombre invisible. Pero, quién sabe, tal vez éstos sean lectores de mi blog
(por el cariño con que la cría cogió los ejemplares que quedaban y los colocó a
la vista de todos me gustaría pensar que sí) y al ver esta entrada entiendan
que quizá estas palabras tengan más valor que una dedicatoria personalizada.



Comentarios
Amparo
Firmado: Bruce Lemon
Besito grande y Feliz todo (fiestas, año, ventas, etc...)
Feliz Navidad
un fuerte saludo
fus
Bea de Coleccionando Cosas Bonitas: espero que disfrutes con El violinista. Ya me dirás.
A los demás, y a los nuevos, abrazos y besos,