El alquitrán del camino
Sabías
que antes o después sucedería, pero aunque no la necesitas de
pronto te encuentras buscando tontamente una excusa. Siempre pasa,
así que ahora no iba a ser diferente. Miles de kilómetros en apenas
tres meses, y unas semanas después de que haya terminado la promoción
te revuelves inquieto en el despacho, como una fiera enjaulada. Te
dices que tienes varias historias en la cabeza pero no te animas a
empezar ninguna; también pasa siempre que antes de empezar a
escribir una nueva novela te preguntas si serás capaz otra vez, pero
estás acostumbrado a la incertidumbre y hasta encuentras divertidas
las dudas a estas alturas. En el fondo sabes que no es por eso. O que no es
sólo por eso. En realidad, miras por la ventana y ves el mundo, ahí
fuera. Te acuerdas de esa vieja canción, y de los viajes. Una de las
cosas que has aprendido durante estos años es que las ideas no suelen venir a la cabeza cuando te sientas a pensar. Casi siempre
las mejores ideas se te han ocurrido en movimiento: dando un paseo,
conduciendo, mirando el paisaje por la ventanilla del avión o de un
tren. Te vas y la imaginación se desata. Por eso estás
acostumbrado a viajar con tus cuadernos. Pero, ¿por qué tantas
excusas? Quieres viajar, simplemente. Marcharte unos días sin más
motivos que poner tierra de por medio. Sonríes al hacer las maletas, al imaginarte
mañana en el Norte, tan lejos, tan diferente al sitio donde vives.
Es una contradicción ser tan hogareño y tan viajero al mismo
tiempo. Debe de ser algo así como un vicio, y tú lo llevas en el
cuerpo desde siempre. Esa canción lo define bien, sí: “Pero no te
engañes pensando que el redil de vuelta va a seguir igual. El
alquitrán del camino embriaga más que el suave vino del hogar”
Y
al final todo se reduce a eso, a que echas de menos el alquitrán del
camino.
(c)
Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2013
Comentarios
Saludos.
Saludos